Cataluña 2015. El cambio que necesitamos

“CATALUÑA 2015. EL CAMBIO QUE NECESITAMOS”

Intervención de Miquel Iceta

Museo Marítimo, Barcelona, 10 de diciembre de 2014

Muy buenas tardes, señoras y señores, amigas y amigos.

Quiero agradecer de todo corazón vuestra presencia en un acto que en que compartiré con vosotros y, a través de los medios de comunicación, con los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña, mis reflexiones sobre el actual momento político y sobre las prioridades que deberían guiar la actuación de los dirigentes políticos y de los poderes públicos en los próximos años.

Comienzo con una primera afirmación rotunda.

Sin menospreciar el problema de las relaciones entre Cataluña y el resto de España, que es grave, el principal problema de nuestro país es en estos momentos el desempleo masivo, el fortísimo incremento de las desigualdades y de la pobreza, y la falta de oportunidades, especialmente para los más jóvenes y los parados de larga duración.

Este es el problema más importante de Cataluña y no es precisamente del que más se habla.

Es más, a veces parece totalmente ausente. Y esto no puede seguir así. Si no hablamos de los problemas, los problemas no desaparecen. Siguen y se agravan. Si no hablamos de los problemas de la gente, la ciudadanía cree con razón que la política sirve de muy poco.

Y este es el primero de los cambios que necesitamos: orientar la acción de gobierno y el debate político a la resolución de los problemas de la ciudadanía.

El segundo de los cambios es levantar un poco la vista.

El monotema y la obsesiva observación de nuestro ombligo tienden a marearnos y, sobre todo, nos privan de captar la realidad en todas sus dimensiones.

Realmente, es difícil encontrar en las últimas décadas otra etapa histórica como la actual teñida de tantos retos, de tantas incertidumbres políticas, económicas y sociales, en Cataluña, en España, en Europa y en el resto del mundo.

El mundo está cambiando. Mucho y muy rápidamente. Parece que se está gestando uno de aquellos cambios de paradigma político y económico que se producen cada muchos años.

Idealmente y de manera resumida, la nueva arquitectura política e institucional resultante de este profundo cambio debería:

  1. Mejorar la gobernabilidad del proceso de globalización económica mediante la eliminación de los paraísos fiscales, la corrección de la hipertrofia del sistema financiero o la obligación de que las empresas multinacionales paguen siempre sus impuestos allí donde se generan sus beneficios.
  2. Minimizar la probabilidad de que en el futuro se repitan crisis económicas y financieras tan destructivas como la que comenzó en el año 2007.
  3. Consolidar y culminar el proyecto de integración europea paliando sus déficits demográficos.

En todo el mundo, especialmente en los países avanzados, impresiona comprobar cómo la reflexión sobre estos formidables retos e incertidumbres ha desencadenado un alud de debates intelectuales y encendidas discusiones políticas.

Desgraciadamente, nuestro país, Cataluña, es una notoria excepción.

Lo ha escrito recientemente el profesor Antón Costas: “(…) hoy la política catalana está ensimismada. Como en la novela de Juan Marsé, está cerrada con un único juguete, ajena a estas transformaciones tecnológicas y económicas. Se repliega de manera proteccionista sobre sí misma”.

En mi opinión, este repliegue y la dedicación de tanta energía colectiva, política y mediática al proceso independentista está erosionando, poco a poco, pero de forma inexorable, la calidad de la política y de las instituciones catalanas.

A continuación, comentaré algunas de las ausencias más preocupantes en el debate público de nuestro país.

En Cataluña, por ejemplo, se habla poco o nada de la situación económica de Europa y de la posibilidad muy real de que nuestro continente caiga en una tercera recesión o se instale en un largo período de estancamiento, escenario que contrasta, en este momento, con la recuperación económica de los EEUU.

Una tercera recesión tendría efectos devastadores sobre la población, sobre los sectores sociales más débiles, los excluidos, trabajadores y clases medias, y sobre el conjunto de nuestra economía.

La semana pasada, el Banco Central Europeo revisó a la baja las previsiones de crecimiento para 2014 y para 2015 en el conjunto del Área Euro; y su Presidente, Mario Draghi, agitó el temido fantasma de la deflación.

Bien sea por la falta de una unión fiscal, bien sea por un deficiente diseño institucional, lo cierto es que ni la vacilante política monetaria de expansión cuantitativa (Quantitative Easing) del Banco Central Europea ni el tímido “Plan Juncker” de estímulo fiscal conseguirán impulsar significativamente la actividad económica en Europa en el corto plazo. Claramente, la economía europea tiene graves problemas, tanto por el lado de la demanda como por el lado de la oferta, que los socialistas creemos que hay que abordar de manera muy audaz.

Permitidme una pequeña anécdota. La semana pasada fui a Bruselas para pronunciar una conferencia sobre la propuesta federal de los socialistas. Al final de la conferencia pude saludar a Ximo Puig, candidato socialista a la Presidencia de la Generalitat valenciana y, así lo espero, futuro presidente. Como era evidente que no había ido a Bruselas para asistir a mi conferencia le pregunté, “Ximo, y tú ¿qué haces aquí?” Y me respondió: “He venido a averiguar cómo afectará a los sectores económicos valencianos el Tratado Transatlántico entre la Unión Europea y los Estados Unidos y para ver qué tipo de proyectos pueden ajustarse mejor al Plan Juncker”. Me da la sensación de que el Gobierno de Cataluña hace demasiado tiempo que, por desgracia, no tiene en la cabeza estas cuestiones que son las que realmente importan.

Continúo, en Cataluña, por ejemplo, se habla poco o nada de las consecuencias geopolíticas y económicas, singularmente para la Unión Europea, del conflicto bélico en Ucrania y de la política exterior de la Rusia de Vladimir Putin.

Ahora quizás algunos que me escuchan pensarán, ¿qué dice este hombre? ¿Ucrania? ¿Rusia? Mirad, el otro día en Lleida en una reunión con el sector agroalimentario me comentaban la afectación del boicot comercial ruso a la fruta europea, pero esto no parece formar parte del debate público catalán.

El hecho es que la economía de Ucrania se encuentra al borde del abismo, con un descenso del PIB real del 10% este año, y solamente se evitará el colapso económico si Occidente aumenta significativamente su ayuda financiera en los próximos meses.

Bastante inquietante es, también, la situación de la economía rusa, castigada por la pronunciada bajada del precio del petróleo y las sanciones impuestas por la Unión Europea y los EEUU. Una recesión prolongada en Rusia y un hipotético default de la deuda rusa durante los próximos años podrían tener consecuencias imprevisibles, que con seguridad afectarían a Cataluña y al resto de España.

En Cataluña, por ejemplo, se habla poco o nada del imparable incremento de las desigualdades en la mayoría de los países del mundo. Hace meses, Oxfam anunció que las 85 personas más ricas del mundo poseen la misma riqueza que el 50% de la población mundial más pobre, es decir, que 3.500 millones de personas.

Y hace pocos días, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) advertía que España es el país desarrollado en que más han crecido las desigualdades desde el inicio de la crisis económica, como consecuencia de la exorbitante escalada del desempleo. Y quien dice España, dice Cataluña.

Para revertir esta peligrosa tendencia, que está haciendo tambalearse los pilares sobre los que se edifica la legitimidad del sistema democrático, del “contrato social” y de la economía de mercado, en España y en Cataluña son imprescindibles dos cosas:

  • Crecimiento económico
  • Y una profunda reforma fiscal, como la que proponemos los socialistas, que aumente sustancialmente los ingresos públicos y la progresividad efectiva del sistema tributario.

En Cataluña, en fin, se habla poco o nada de las perspectivas económicas de nuestro país y del resto de España.

Después de un largo, injusto y doloroso proceso de ajuste macroeconómico, agudizado por la imposibilidad de devaluar la moneda como en el pasado, la economía se encuentra finalmente en condiciones de crecer nuevamente.

En efecto, hemos recuperado competitividad de manera significativa, tal y como lo demuestra la positiva evolución de las exportaciones; hemos pasado de un insostenible déficit de balanza de pagos por cuenta corriente equivalente al 10% del PIB a un ligero superávit, imprescindible para reducir el endeudamiento externo; y después de sucesivas reformas del Gobierno español, muchas decenas de miles de millones de euros de los contribuyentes inyectados en las entidades financieras y la decisiva actuación del BCE, tenemos un sistema bancario más saneado, que en los próximos meses debería rebajar (¡por fin!) la restricción financiera que ha estrangulado, mediante la reducción del crédito, a las familias y, sobre todo, a las empresas desde el año 2008.

Asimismo, la bajada de la prima de riesgo, la rebaja de más de 5.000 millones de euros de la factura energética que España paga como país fuertemente dependiente, inducida por la caída del precio del petróleo, y la depreciación del euro, son tres factores adicionales que contribuirán a impulsar la actividad económica de este año y de 2015.

Desde la perspectiva de las retribuciones a los trabajadores, considero que es muy probable que la recuperación de la competitividad de la economía española y catalana, llevada a cabo mediante el agudo proceso de devaluación interna, sugiere que la bajada de salarios ha tocado fondo.

En los próximos meses y años, por tanto, los salarios tienen que aumentar gradualmente, lo que, unido a la baja inflación y a la gradual reducción de la tasa de desempleo, hará que las familias dispongan de un poder adquisitivo apreciablemente más alto.

No obstante, haríamos bien en no olvidar que las exageradas y equivocadas políticas de austeridad a ultranza impuestas durante estos años por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, y aplicadas con devoción ideológica en nuestro país por los gobiernos del PP y de CiU, no sólo han prolongado la crisis económica, sino que han incrementado innecesariamente la pobreza, las desigualdades y el sufrimiento de las personas.

Por otro lado, conviene destacar que existen también elementos negativos que dificultarán que Cataluña y el resto de España consigan tasas de crecimiento como las anteriores a la crisis.

En primer lugar, la atonía económica de países como Alemania, y sobre todo, Francia e Italia, junto al riesgo de deflación en Europa, representa un freno importante.

En segundo lugar, a pesar de los apreciables avances en el proceso de desendeudamiento de la economía española, el stock de deuda pública y privada (incluyendo el del sistema financiero) continúa siendo inmenso: aproximadamente un 300% del PIB, es decir, unos 600.000 millones de euros en el caso de Cataluña; y esto inevitablemente constituye un pesado lastre para el consumo y la inversión de las familias, las empresas y el sector público.

Finalmente, hay que recordar que Cataluña y el resto de España afrontan, en las próximas décadas, un perfil demográfico muy adverso.

Una sola cifra es suficientemente elocuente de la magnitud del problema: algunos expertos nos alertan que, con los actuales criterios de elegibilidad, entre el año 2000 y el año 2040, el gasto público dedicado a los ciudadanos mayores de 60 años en los ámbitos de salud, pensiones y dependencia pasará del 12,6% del PIB ¡al 33,1% del PIB!

En este sentido, parece evidente que Cataluña y el resto de España tendrán que conseguir en los próximos años, de manera gradual, un nivel significativamente superior de ingresos públicos en relación al PIB, en línea con la media de la Unión Europea, caminando por tanto en dirección contraria a la última reforma fiscal del PP.

Convendría, en resumen, que de estas cuestiones se hablase un poco más en Cataluña si no queremos perder el tren del futuro.

Soy consciente de que este no es todavía el momento de presentar una propuesta electoral. Ya sabéis que los socialistas no compartimos el adelanto de las elecciones de 2012 y tampoco compartimos ahora un posible adelenato electoral que, por otro lado, parece que, más allá de la retórica épica y del ruido, solamente depende del acuerdo del President Mas y Oriol Junqueras sobre cómo tienen que hacer la lista o listas electorales.

Parece una broma pero no lo es.

Hace ya demasiado tiempo que los problemas reales de los catalanes y las catalanas no son los que guían la política. Y los políticos tienen que resolver problemas, no crear nuevos problemas, que demasiados tenemos ya.

El President Mas anticipó las elecciones en el año 2012 buscando una mayoría excepcional y perdió 12 escaños. Ahora trata de disolver a CDC en una propuesta independentista para camuflar otra derrota electoral que las encuestas más favorables a CiU sitúan en un descenso de 10 diputados más.

Ciertamente las elecciones de 2012 tampoco fueron favorables al PSC, y las encuestas apuntan a un nuevo descenso si las elecciones se celebrasen ahora mismo.

Pero precisamente de lo que se trata no es de decidir los calendarios electorales en función de los intereses de uno u otro partido, o de una u otra persona, sino de servir a los intereses de los catalanes y las catalanas.

Y de intentar agotar las legislaturas.

Pero eso no es todo, hay más: la propuesta de Artur Mas apunta a unas nuevas elecciones dieciocho meses después de las próximas. O sea que nos podríamos encontrar con elecciones en 2015 y en 2017 que, junto con las del 2010 y del 2012, ¡serían cuatro elecciones en menos de siete años!

¡Y vuelve a hablar de convocar un referéndum para el que la Generalitat no tiene competencias! Estamos atrapados en una noria que no para de dar vueltas pero que no nos lleva a ningún sitio.

Creo honestamente que el President Mas ha situado la política catalana en un callejón sin salida, en una huida hacia adelante en la que no se ha conseguido ni el pacto fiscal prometido en 2012, ni la consulta deseada en 2014. Una huida hacia adelante en la que ahora se nos propone un camino hacia la independencia que está también condenado al fracaso.

Y, amigos y amigas, Cataluña no se puede permitir ni más fracasos ni perder más el tiempo.

Pero tampoco quiero dejar de reconocer errores y carencias de los socialistas, por los cuales tenemos que pedir disculpas y hacer propósito de enmienda.

No vimos venir la crisis económica en el 2008, ni supimos afrontarla con eficacia, ni lo hicimos de acuerdo con nuestros valores y prioridades.

No supimos tampoco ofrecer una alternativa clara al terremoto causado por la Sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de 2010, ni responder con celeridad al deterioro de la política causado por los escándalos de corrupción.

Como he dicho al principio, la actual situación política, económica y social es de una extraordinaria complejidad. Quizás por eso es el momento de pararnos un poco y reflexionar juntos antes de empezar a correr hacia unas nuevas elecciones con el riesgo de no resolver nada.

Como la cita de Thomas Mann que recordaba Soledad Gallego-Díaz en su artículo de domingo en El País: “El mundo no ha padecido nunca por un exceso de razón”. En cambio, nada corta de forma más rápida el diálogo y la conversación que las emociones.

Y en la política catalana hay un exceso de emociones y un déficit de razones.

Mi diagnóstico es diáfano:

Creo que no hay solución a los problemas de los catalanes si no se produce un  cambio de rumbo de la política catalana.

Hay que abandonar el rumbo de colisión que intentan acordar el President Mas y Oriol Junqueras pensando solamente en un millón ochocientos mil catalanes, y quizás ni siquiera en todos ellos.

Hay que abandonar el rumbo de colisión para el que cuentan con la inestimable ayuda del Partido Popular y el Gobierno de España presidido por Mariano Rajoy.

No hay solución a nuestros problemas que no pase por la vía del diálogo, la negociación y el pacto. Y esa no es la tercera vía. Es la primera vía. La única vía, si me apuran.

¿Cómo queremos resolver en democracia el conflicto entre intereses contradictorios? ¿Cómo queremos conciliar diversos sentimientos de pertenencia? Decía Enric Juliana en su libro “La España de los pingüinos”: “Curiosa paradoja: se nos dice que el mundo va hacia la superposición de los sentimientos de pertenencia; se nos exigen flexibilidades de todo tipo, -flexibilidad mental, flexibilidad laboral, flexibilidad emocional- para afrontar inciertos retos de futuro, pero la inflexibilidad ideológica y política tiende a apoderarse del espacio público”.

Los socialistas catalanes hemos mostrado de forma inequívoca y reiterada nuestra disposición a llegar a acuerdos. El último ejemplo ha sido el acuerdo al que ha llegado nuestro candidato a la Alcaldía de Barcelona, Jaume Collboni, que permitirá aprobar los presupuestos del Ayuntamiento y la obtención de importantes contrapartidas sociales en cuanto al precio del transporte público, la construcción de nuevas guarderías y un plan de rescate para personas en situación de especial vulnerabilidad. ¡Barcelona está de enhorabuena!

Gracias, Jaume. En nombre de los barceloneses y de todos los socialistas.

Los socialistas estamos siempre dispuestos a ayudar a quien quiera ser ayudado. Desgraciadamente no es el caso del Gobierno de Cataluña que no pide nunca ayuda sino adhesión incondicional. Adhesión incondicional a una hoja de ruta que no compartimos en absoluto.

Los presidentes Mas y Rajoy parecen incapaces, no sé si es que en realidad no saben, no quieren o no pueden, dialogar para resolver los problemas que tenemos. El pasado 30 de noviembre les ofrecía un guión de cinco temas sobre los que sería imprescindible comenzar a dialogar:

1.- Abrir en el marco de la Comisión Bilateral Estado-Generalitat una negociación sobre el documento de 23 puntos presentado por el President Mas al Presidente Rajoy el pasado 30 de julio.

2.- Revisar en el marco del Consejo de Política Fiscal y Financiera la distribución del esfuerzo de reducción del déficit público entre los tres niveles de la Administración que de forma injustificada está sometiendo a una presión insoportable a las Comunidades Autónomas y a los Ayuntamientos. Esta revisión tendría que contemplar también la posibilidad de negociar con las instituciones europeas una flexibilización de los plazos y los objetivos de déficit.

3.- Convocar una Conferencia de Presidentes para adoptar medidas urgentes para reactivar la economía y el empleo y la creación de un fondo extraordinario de rescate social para la infancia en situación de vulnerabilidad y desempleados de larga duración.

4.- Crear un espacio de deliberación sobre la reforma federal en el marco de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados.

5.- Evaluar el vigente modelo de financiación autonómica en el marco del Consejo de Política Fiscal y Financiera para abordar su revisión que tendría que haber entrado en vigor el pasado 1 de enero.

Permítanme que me detenga unos instantes, dada su gran importancia, en el nuevo modelo de financiación autonómica. En el pasado, todas las revisiones de los sucesivos modelos aseguraban que cuando entraba en vigor un nuevo sistema de financiación todas las Comunidades Autónomas disponían de más recursos públicos que con el sistema anterior. Esto facilitaba mucho las negociaciones y el acuerdo, pero no parece que sea posible en la coyuntura económica y fiscal actual.

Por esta razón, para facilitar la discusión y la aprobación de un nuevo modelo de financiación autonómica, y además de otros principios como la ordinalidad o una mayor corresponsabilidad fiscal, habría que contemplar la posibilidad de que el Gobierno español asuma como propia una parte de la actual deuda pública de las Comunidades Autónomas generada en los últimos años, mediante, por ejemplo, una quita de la deuda pública de las Comunidades con el Gobierno español.

De esta manera todas las Comunidades Autónomas saldrían ganando porque pasarían a tener una situación financiera más saneada y rebajarían su gasto en concepto de pago de intereses de la deuda.

Obviamente, conviene ser muy prudente y subrayar que habría que estudiar con mucho cuidado los detalles concretos para aplicar esta propuesta de quita, y particularmente cuál tendría que ser el porcentaje del total de la deuda de las Comunidades Autónomas condonado y en qué condiciones se produciría la condonación, para evitar que en el futuro las Comunidades se comporten irresponsablemente en su gestión presupuestaria confiando en que el Estado español las rescatará.

Es evidente que en las respectivas hojas de ruta de los presidentes Mas y Rajoy no figura una negociación de estas características y que, al final, los catalanes y el conjunto de los españoles somos rehenes de este bloqueo.

Y ya llevamos cuatro años perdidos.

El resultado es muy triste: ninguna nueva competencia, ninguna nueva inversión, ningún nuevo proyecto, ningún nuevo acuerdo que permita avanzar en ningún terreno.

Les haré una confesión personal: me llamaron mucho la atención los aplausos recibidos por el President Mas cuando, en septiembre de 2012, volvió de Madrid explicando que no había conseguido el pacto fiscal. ¿Desde cuándo los catalanes aplaudimos los fracasos?

Es evidente que la responsabilidad no era solamente ni siquiera principalmente suya pero, ¿aplausos? ¿A santo de qué?

Otro cambio necesario es renunciar a la vieja táctica victimista de derivar a los demás todas las responsabilidades como fórmula para huir de las propias responsabilidades. Cataluña no se lo merece y así no vamos a ninguna parte.

Como el President ha fijado la independencia como único objetivo es muy difícil que obtenga nada en Madrid. Fijar la independencia como único objetivo es un error. Fue un error fijar 2014 como el año en que tenía que pasar todo. Fue un error hacer una declaración de soberanía en el Parlament. Fue un error fijar unilateralmente la fecha y la pregunta. Como también sería un grave error declarar unilateralmente la independencia.

Además, y lo diré con claridad: la mayoría de catalanes no queremos la independencia.

Ya lo vimos el pasado 9 de noviembre.

Muchos no creemos en soluciones mágicas a los problemas, y la independencia se ha presentado como la solución milagrosa a todos los problemas.

No queremos romper con el resto de España ni tampoco nos resignamos al inmovilismo trasnochado y tozudo de la derecha que es el verdadero enemigo de un proyecto español compartido.

La independencia ni la queremos, ni nos conviene, ni siquiera parece posible en el mundo de interdependencias crecientes y soberanías compartidas en el que vivimos, en el seno de la Unión Europea que tiene que avanzar hacia una mayor integración no hacia una mayor disgregación, y todos sus Estados miembros lo consideran así.

Muchos estamos convencidos de que hay una mejor solución: la reforma del Estado para hacerlo más eficiente y asegurar que defiende mejor de los intereses de los catalanes y no solamente se ocupa de los sectores que, en palabras justas de Juan-José López Burniol, “consideran al Estado una propiedad privada y una sociedad de auxilios mutuos para la autosatisfacción de sus propios intereses, prescindiendo de un proyecto nacional inclusivo, y se resisten por todos los medios a un reparto racional del poder político que intentan monopolizar”. Unos sectores concentrados históricamente en Madrid.

La solución federal, la reforma constitucional que proponemos, tendrá que ser votada por los ciudadanos. No habrá solución sin votación. Y nosotros queremos que los catalanes tengan la oportunidad de votar en favor de un nuevo acuerdo antes de plantearse la posibilidad de romper con el resto de España.

Estoy seguro de que hay una mayoría de catalanes partidarios de un nuevo acuerdo entre Cataluña y el resto de España.

Lo dicen todas las encuestas. Si resolvemos el problema del reconocimiento de la realidad nacional catalana y del carácter pluricultural y plurilingüe del Estado, si somos capaces de garantizar en plenitud el autogobierno especialmente en lo que se refiere a las competencias en materia de lengua, educación y cultura, y si somos capaces de conseguir un pacto fiscal solidario que preserve el principio de ordinalidad, es decir, que las Comunidades que transfieren solidariamente fondos a otras regiones españolas no acaben obteniendo menos recursos públicos que aquellas que los reciben, si incorporamos estos elementos a la propuesta de reforma constitucional que sea sometida a referéndum de la ciudadanía, una amplia mayoría de catalanes y catalanas le darán su apoyo.

Estoy absolutamente convencido.

Tampoco me cansaré de repetir que la propuesta de reforma constitucional que hacemos los socialistas tiene como objetivo no solamente abordar el encaje de Cataluña en el resto de España, sino también los problemas del Estado de las Autonomías en su conjunto. En este sentido, no está de más recordar que los ejes básicos de nuestra propuesta de reforma federal son:

  1. La transformación del Estado de las Autonomías en un Estado federal.
  2. El reconocimiento de las singularidades propias de las nacionalidades históricas, teniendo en cuenta los hechos diferenciales y los derechos históricos ya reconocidos por la Constitución y los Estatutos vigentes (por ejemplo, en el artículo 5 del Estatuto de Autonomía de Cataluña, que se debería incorporar a la Constitución).
  3. La definición precisa de las competencias del Estado y la atribución de todas las demás a las Comunidades Autónomas.
  4. La incorporación de los derechos sociales como derechos de ciudadanía y la garantía de su ejercicio en condiciones de igualdad.
  5. La consideración de los temas lingüísticos, educativos y culturales como competencia estricta de las Comunidades Autónomas con lengua propia.
  6. La constitucionalización de un sistema de financiación de las Comunidades Autónomas informado por los municipios de solidaridad y ordinalidad, entendido este último como lo hace la STC 31/2010 de 28 de junio en su Fundamento Jurídico 134 “excluyendo la peor condición relativa de quien contribuye respecto de quien se beneficia”.
  7. La territorialización del sistema de gobierno del Poder Judicial.
  8. La transformación del actual Senado en un Consejo Federal con presencia de los gobiernos autonómicos.
  9. La profundización del carácter democrático, participativo y deliberativo de nuestro sistema político e institucional.
  10. El fortalecimiento de los municipios como garantes de la cohesión social, vectores de desarrollo económico y vertebradores del territorio.

Tampoco está de más insistir en que la propuesta independentista de Mas y Junqueras tiene un problema fundamental: al final pretende conseguir sus objetivos de forma unilateral.

Y este es un camino imposible para modificar las fronteras o las relaciones internas entre territorios en un Estado democrático miembro de la Unión Europea, que garantiza constitucionalmente el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran.

No hay, ni habrá, una solución unilateral.

Todo el mundo sabe que la independencia solamente ha sido viable en los procesos de descolonización o bien cuando ha habido acuerdo entre las partes (Chequia-Eslovaquia) o bien ha tenido que ver con el derrumbe del bloque soviético, lo que ha propiciado un vasto consenso internacional. Ninguna de estas circunstancias se da en el caso de Cataluña. Y decir lo contrario es engañar a la gente.

Quizás alguien piensa que pedir la independencia es la mejor manera de negociar un nuevo estatus en el marco español. Pero hay que decirlo. Hay que hacer saber que ésta es la meta. Me pueden decir: hay que apuntar a 10 para obtener 7 u 8. Eso es válido en una mesa de negociación.

Pero es moralmente inaceptable cuando un responsable político se dirige a la ciudadanía y no explica la verdad.

A la gente se le tiene que decir la verdad. No se la puede llevar por terrenos desconocidos, con los costes personales y colectivos que eso le puede reportar, con los enormes riesgos añadidos, cuando el objetivo real no es el que se anuncia sino otro. Cuando el objetivo no es “de país”, sino “de partido”.

El objetivo de verdad debe ser ir a una negociación. A forzar una negociación. A conseguir todas las presiones catalanas, españolas, europeas e internacionales posibles para forzar esta negociación, para superar definitivamente los obstáculos a un nuevo pacto entre Cataluña y el resto de España.

Yo creo que habrá que esperar a derrotar en las urnas al PP en las próximas elecciones generales, pero mi pronóstico es que finalmente se procederá a la reforma federal de la Constitución, en cuyo marco Cataluña encontrará el lugar que le corresponde como nación.

De la misma manera que, más allá de la Cataluña estricta, la lengua catalana, en sus diversas modalidades, tiene que encontrar también, en el Estado español, su defensa, la preservación de su unidad y el apoyo para su pleno desarrollo. Como en todo aquello que concierne a la cocapitalidad de Barcelona.

Ésta es la España que queremos. Y créanme: lo conseguiremos.

Y no será ninguna derrota, sino una gran victoria del pueblo de Cataluña, de su exigencia de autogobierno, de la expresión plural de su identidad, de su cohesión, de sus movilizaciones, de la enorme voluntad de cambio expresada de formas muy diversas.

En este punto, quiero alertar contra el inadmisible intento de equiparar catalanismo con independentismo. Quizás así aumenta el número de independentistas, pero también irá menguando la fuerza integradora del catalanismo y acabaremos haciendo un muy mal negocio. Podemos hacernos daño. Mucho daño. Romper la transversalidad del catalanismo perjudica a nuestro país.

Los socialistas catalanes seguimos en el mismo lugar de siempre, fieles a nuestras raíces catalanistas y federalistas. Sin engañar a la gente.  Porque se trata realmente de estar “al servicio de este pueblo” y no al servicio de un determinado proyecto político o incluso de un determinado proyecto personal.

Estamos como siempre, con voluntad de reforzar costuras, de aproximar posiciones, de evitar fracturas debilitadoras, porque sabemos que la nación es el consenso renovado de la ciudadanía.

Sabemos que las naciones, como las danzas, se hacen y se deshacen. Y no queremos que Cataluña se nos deshaga en las manos, ya sea por decadencia a manos de las políticas austericidas, ya sea por cualquier fiebre insensata que la lleve a la ruptura o a un callejón sin salida.

Queremos que el pueblo de Cataluña sea llamado, no hacia ninguna entelequia, no a ninguna falsa meta que alguien promueve con finalidades escondidas, sino a una nueva meta real que confirme su unidad civil, que incluya el anhelo de todos los hombres y mujeres que la habitan, de la Cataluña del campo y de la ciudad, de la Cataluña de las ciudades medianas y de la Cataluña metropolitana, de la gran pluralidad del pueblo, de los 7,5 millones de ciudadanos y de ciudadanas, que apunte a horizontes de  cambio, de justicia, de libertad, de honestidad, de verdad.

Y que eso genere un nuevo y potente compromiso colectivo.

Por ello, no paramos ni pararemos de hablar con todo el mundo y de acercar a sectores diversos a las posiciones centrales del catalanismo social, del catalanismo federal, del catalanismo de la unión plurinacional en España y en Europa.

La unidad civil es nuestra vocación, absolutamente contraria a cualquier frentismo. Ha sido uno de los principales servicios de los socialistas al pueblo de Cataluña en el pasado. Lo ha recordado muchas veces Antoni Puigverd en sus artículos. Y lo tiene que volver a ser. Porque a los pueblos les hace falta un grado suficiente de unidad. Y la unidad suficiente, la genuina, no es la que conviene a unos pocos en un momento dado, ni la que se pliega a los intereses de una determinada operación política o personal, sino la que se articula a partir de la pluralidad real de la sociedad catalana, de todos aquellos sectores que se sienten dispuestos a trabajar por Cataluña.

Pero seamos realistas: probablemente ni Rajoy en La Moncloa ni el dueto Mas-Junqueras dominando la política catalana serán capaces de encontrar la solución al problema.

Y a los socialistas corresponde construir una alternativa tanto en el ámbito catalán como en el ámbito español. La ciudadanía tendrá que decidir en las urnas si quiere cambiar de rumbo o la presente deriva ya le va bien.

Las próximas elecciones generales, de aquí a un año, nos proporcionarán una buena oportunidad para cambiar de rumbo, para evitar la colisión. Una nueva mayoría presidida por Pedro Sánchez abrirá definitivamente el camino a la reforma constitucional.

Pero, como ya he dicho, el problema de encaje de Cataluña en el resto de España no agota las cuestiones sobre las que la política catalana tiene que cambiar de rumbo.

¿Cuáles son las prioridades que proponemos los socialistas? No me cansaré de repetirlas.

Primera, relanzar la economía y crear puestos de trabajo.

Segunda, proteger el Estado del Bienestar, la sanidad y la educación públicas y los servicios sociales, erosionados por los recortes y las políticas dogmáticas de austeridad y la desgana del Gobierno de Artur Mas a la hora de administrar el día a día de la Generalitat.

Tercera, regenerar la democracia, limpiar la política, luchar contra la corrupción, asegurar la transparencia e impulsar la lucha contra el fraude fiscal. Sí, corrupción cero.

Y la cuarta, buscar un nuevo acuerdo con el resto de España que nos permita votar. Sí, votar. Votar de verdad.

Sin duda el tema fundamental, y lo decía al inicio de mi intervención, es la necesidad de reactivar la economía, de impulsar la creación de puestos de trabajo, de reducir las desigualdades y la pobreza, de crear oportunidades.

Y esto implica dar la vuelta a las políticas económicas y sociales dominantes hoy en Cataluña, España y Europa.

Y para comenzar necesitamos lo que no tenemos en estos momentos en Cataluña.

No tenemos ni la estabilidad política ni la seguridad jurídica imprescindibles

Ya basta de estar sometidos a los vaivenes e improvisaciones que se presentan como cargados de épica y de astucia. No estamos dispuestos a contraponer democracia y Estado de Derecho.

No queremos sofismas ni atajos que no llevan a ningún sitio. El trabajo bien hecho no conoce fronteras, pero empieza en casa. Y la responsabilidad también comienza en todos y cada uno de nosotros. No podemos poner en peligro, frívolamente, inversiones y puestos de trabajo por el hecho de adentrarnos en tierra incógnita. No queremos la Ítaca a la que llega solamente uno, como en “La Odisea”  de Homero. Queremos ir muy lejos, pero llegar todos juntos.

Para relanzar la economía hay cosas que hacer a escala europea, española y catalana:

  • Hay que apoyar a las empresas, a los emprendedores y a los autónomos, faltos de crédito, de apoyo público y de estabilidad institucional.
  • Hay que rehacer el equilibrio roto de las relaciones laborales a partir de la concertación social, la formación y la flexibilidad negociada.
  • Hay que promover y recuperar el talento generado por el sistema educativo y la formación universitaria, hay que establecer planes para evitar la fuga de talento y para favorecer el regreso de talento obligado a emigrar.
  • Hay que recuperar la inversión de I+D+i. Hay que jugar fuerte en favor de la reindustrialización del país, del sector agroalimentario, de las ciencias de la vida, del turismo y le comercio de proximidad y de calidad.
  • Hay que combatir el desempleo de larga duración. Y todavía tenemos pendiente la reforma del Servicio de Empleo de Cataluña. Aquí encontramos personas mayores de 45 años, mujeres, jóvenes sin estudios y personas con discapacidad. Todas ellas merecen y necesitan un Plan de choque que les vuelva a incorporar efectivamente al circuito laboral.
  • Nos preocupa especialmente el desempleo juvenil. Hay que destinar recursos adicionales a los europeos para que el Plan de Garantía Juvenil (trabajo o formación en 4 meses) sea una realidad y no buenas palabras.
  • No podemos olvidar la necesidad de impulsar la transición energética ni de incorporar criterios ecológicos y de sostenibilidad al conjunto de nuestras políticas públicas.

La crisis económica nos ha llevado a una situación de verdadera emergencia social. En el año 2013, 1.779.200 personas en Cataluña se encontraban en riesgo de pobreza o exclusión social, el 24,3% de la población.

Y los recortes han erosionado nuestro sistema de protección social y la calidad de nuestros servicios públicos.

Tenemos las listas de espera sanitarias más largas. El tiempo de espera medio de los 14 procedimientos quirúrgicos garantizados se ha incrementado un 40%. Tenemos 1.250 camas de hospital menos, 4.000 médicos menos en el ICS y 15.000 profesionales sanitarios menos en todo el sector. El presupuesto para el próximo año destina 0 euros a las guarderías. Ha disminuido en 10 puntos la tasa de cobertura de las becas comedor. El gasto social ha retrocedido a los niveles de 2004. ¡10 años de retroceso!

No podemos ni queremos esperar al paraíso de la independencia para tener una Cataluña con más trabajo, donde nadie pase hambre, todo el mundo tenga un techo y no te puedan cortar el agua, la luz o el gas a causa de situaciones de pobreza extrema.

Este es nuestro compromiso. Sí, pobreza cero.

Nos hace falta un verdadero plan de rescate social. Ninguna familia sin un ingreso. Un plan integral para erradicar la pobreza infantil. Acabar con los desahucios. Mejorar la atención a las personas con dependencia. Potenciar la autonomía de las personas con discapacidad. Colaborar con las entidades sociales del Tercer Sector.

Y también luchar para la erradicación de la violencia de género.

Tampoco nos resignamos a la erosión de los servicios públicos de salud y educación. Rechazamos la privatización y la mercantilización de la sanidad pública. Necesitamos un plan de choque para reducir las listas de espera. Defendemos la progresiva universalización del educación de 0 a 3 años. Y la reforma de la Formación Profesional no puede esperar. Como tampoco puede esperar la revisión del Plan de Energía.

En palabras de Luis Atienza en un reciente artículo: “Hace falta revisar muchas cosas para fortalecer la igualdad de oportunidades, explorar los límites de la capacidad redistributiva de la política fiscal, combatir de forma feroz la exclusión social y situarnos en la vanguardia de la transparencia y de la lucha contra la corrupción”.

Este es el horizonte permanente de la socialdemocracia.

Los socialistas queremos construir una alternativa sobre estos objetivos. Y estamos dispuestos a colaborar con todos aquellos y aquellas que los compartan. De la misma manera que estamos dispuestos a dar nuestro apoyo a aquellos que, sin necesidad de compartir nuestro proyecto, estén dispuestos a trabajar en positivo por el futuro de Cataluña.

Pero no podremos dar apoyo a políticas de corto alcance, a acuerdos puntuales que solamente sirvan para ganar tiempo, a convalidar presupuestos basados en fantasías irreales, a formar gobiernos con partidos que se niegan a cambios, que bloquean la reforma del Estado que tiene que ser de todos.

En este sentido, ¿cómo quieren que los socialistas demos apoyo a unos presupuestos que todo el mundo sabe que no se cumplirán? ¡Si ya el año pasado contemplaban unos ingresos que todo el mundo sabía que no se podían cumplir! Y este año, además, se contemplan unos ingresos que provienen del Estado, que solamente podrían verificarse a través de la negociación entre dos gobiernos que hasta ahora solamente saben dialogar a través de los tribunales.

Queremos un cambio profundo de la política catalana. Queremos ponerla al servicio de los ciudadanos, queremos que trabaje para solucionar los problemas reales de las personas.

Acabo.

Nada de lo que propongo es fácil. Requerirá de mucho esfuerzo y tenacidad. Un esfuerzo colectivo, que tendrá que ser justo para ser soportable. Un esfuerzo que comienza por decirnos los unos a los otros la verdad.

Porque, en efecto, Cataluña tiene que luchar contra muchas dependencias.

La dependencia de unas estructuras económicas y sociales que generan desigualdades y pobreza porque están al servicio de unos pocos. La dependencia de energías de riesgo y contaminantes. La dependencia de los consumidores y usuarios en sectores oligopolísticos. La dependencia de futuras generaciones si agotamos los bienes naturales o degradamos el entorno. La dependencia de una demografía adversa. La dependencia con respecto a poderes no democráticos y a prácticas corruptas o poco transparentes. La dependencia del monotema y de la fácil excusa que hace responsable de todo a Madrid.

No creo que nada de lo que propongo sea sencillo. Pero sí que estoy seguro de que vale la pena. Que se trata de un sueño realizable. Que puede sumar los anhelos de una amplia mayoría.

A día de hoy todavía no sabemos cuándo serán las próximas elecciones. Lo que sí que les puedo asegurar es que, sean cuando sean, encontrarán al Partido Socialista preparado para afrontarlas, dispuesto a una batalla noble para construir la Cataluña libre y segura, próspera y justa para la que el PSC lleva trabajando desde 1978. Lo haremos con una lista de socialistas y progresistas, de catalanistas y federalistas.

Fuimos decisivos en la conquista de la democracia, en la recuperación de la autonomía, en el impulso al municipalismo, en el cambio político en España que contribuyó a modernizarla, la incorporó a Europa y construyó el Estado del Bienestar, en los gobiernos de izquierdas en Cataluña que dieron un formidable impulso a las inversiones y a las políticas sociales.

Queremos volver a ser decisivos en esta encrucijada política.

Y trabajaremos para merecer la confianza de nuestros conciudadanos y conciudadanas para un proyecto basado en dos ideas centrales: la justicia social y el acuerdo federal con el resto de España. Dos ideales a los que no estamos dispuestos a renunciar.

Muchas gracias.

Acerca de Miquel Iceta

Sóc primer secretari del PSC, president del grup socialista al Parlament de Catalunya i candidat a la Presidència de la Generalitat

Publicado el Miércoles 10 diciembre 2014 en Política. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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