Los retos del 12º Congreso del PSC

Los retos del 12º Congreso del PSC
MIQUEL ICETA
PSC de l’Eixample, 24 de noviembre de 2011

Quiero agradecer vuestra presencia hoy aquí, en un acto sencillo, pero muy importante para mí, que tiene como objetivo, fijar mi posición ante el 12º Congreso del partido y compartir unas ideas que aspiro a debatir con todo el mundo.

Había que esperar a la celebración de las elecciones generales del pasado domingo para hablar claro del Congreso, para hacerlo sin el riesgo de perjudicar una campaña electoral que ya se presentaba muy difícil. Algunos me dicen que llego tarde, pero yo creo que he hecho lo que debía hacer. Y no me arrepiento. Soy así.

El resultado electoral ha sido, como nos teníamos, adverso, muy adverso. A la mayoría absoluta del PP se añade, por primera vez en unas elecciones generales, nuestra derrota en Cataluña.

El 12º Congreso del partido tendrá que hacer balance de este período en Cataluña y en España, y abrirá una nueva etapa en la vida del PSC, después de tres derrotas electorales consecutivas, en el punto más bajo de nuestro apoyo ciudadano, que vuelve a los niveles porcentuales conseguidos en los años 1977 (generales), 1979 (municipales) y 1980 (autonómicas).

Nuestros problemas vienen de lejos, no arrancan de la derrota de noviembre de 2010. De hecho, la primera señal de alerta se produce en las elecciones al Parlament del año 2003, cuando ganamos en votos pero con un significativo retroceso con respecto a los resultados obtenidos en el año 1999. Y todo ello sucedía antes de la victoria de Zapatero de 2004 y mucho antes de la crisis económica en que estamos inmersos que, si bien explica la magnitud de nuestra derrota del pasado domingo, no ha de esconder antiguos problemas.

Los magníficos resultados de las elecciones generales de 2004 y 2008 no nos tendrían que haber engañado: el proyecto político del PSC registraba ya signos de fatiga y de empequeñecimiento y nuestra organización comenzaba un proceso de reducción. Cada vez con menos ideas y con menos personas comprometidas con el proyecto.

El 11º Congreso del partido de 2008 se desarrolló en un falso espejismo, a pesar de los intentos de debate en profundidad apuntados en el documento “Por una nueva etapa del socialismo catalán” que impulsé en el año 2007, el documento de tapas rojas que quizás algunos y algunas recordaréis. Un documento que, en gran medida, sigue vigente.

Es evidente, pues, que el 12º Congreso tiene que iniciar una etapa de cambios profundos en el partido, una verdadera reconstrucción de nuestro proyecto político, de renovación de nuestras ideas, de innovación en las formas de hacer política, de esfuerzo de reconexión con la sociedad catalana. Una reconstrucción imprescindible si queremos volver a ser un instrumento útil para los sectores progresistas que aspiran a vivir en una sociedad más libre y más segura, más próspera y más justa. Una reconstrucción que tenemos que abordar con audacia y sin hipotecas, superando las inercias y mirando la realidad a la cara, rehaciendo de abajo a arriba nuestra relación con la ciudadanía.

Porque Cataluña necesita un PSC fuerte, los y las progresistas necesitan un PSC fuerte, y para tener un PSC fuerte el PSC debe cambiar; nuestra organización debe cambiar, nuestra forma de hacer política debe cambiar, nuestra relación con la sociedad debe cambiar. Y, estoy convencido, juntos podemos conseguirlo.

A menudo se ha dicho que el PSC fue fundado para gobernar la Generalitat. Pero la fundación del PSC tenía un objetivo mucho más ambicioso que el de llegar a gobernar Cataluña, un objetivo que, por otro lado, ya conseguimos a lo largo de siete años con las presidencias de Pasqual Maragall y José Montilla, que reivindico y que tenemos que reivindicar íntegramente, con todos los aciertos y también con los errores cometidos.

A través de la unidad socialista de 1978, lo que se pretendía era dotar a los trabajadores y las clases populares de un instrumento de emancipación, de una herramienta al servicio de la unidad civil y la justicia social, de un fundamento para la esperanza en un futuro mejor, a través de la profunda y continuada reforma de un sistema socioeconómico basado en unos valores absolutamente contrapuestos a los valores de libertad, igualdad, justicia y solidaridad que el movimiento obrero del siglo XIX convirtió en expresión y reivindicación de un mundo mejor. Así, la fundación del PSC respondía al objetivo de construir el gran partido de la izquierda catalana. Un objetivo que sigue vigente y que ahora nos pide cambios.

Por tanto, cuando hoy afirmo la necesidad de reconstruir nuestro proyecto político, el del socialismo catalán, el de la socialdemocracia catalanista y federalista, lo hago desde la fidelidad a nuestro impulso fundacional, desde la afirmación de unos valores y de una historia, desde el recuerdo a lo que han representado hombres y mujeres como Josep Rovira o Josep Pallach, a los que no conocí, o como Enric Adroher Gironella, Josep Andreu Abelló, Alexandre Cirici, Jordi Llimona, Carlos Barral, Joan Cornudella, Joan Reventós, Pep Jai, Marta Mata, Paco Ramos, Juli Busquets, Antonio Santiburcio, Jordi Solé Tura, Maria Aurèlia Capmany, Ernest Lluch, o mis especialmente añorados Xavier Soto y Francesca Martín, y tantos otros que no cito porque la lista sería interminable.

Pero la necesidad de reconstruir nuestro proyecto político no se justifica sólo en la fidelidad a unos valores y a una historia, sino que encuentra su razón de ser en la voluntad de servir a unos intereses concretos, los de los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña que aspiran a vivir en una sociedad más justa: los trabajadores y las trabajadoras, las clases populares, los que buscan trabajo, los jubilados, los pensionistas, los autónomos, los profesionales, los emprendedores, las mujeres que exigen igualdad de trato, los jóvenes que hoy nos encuentran tan lejos de su realidad como de sus sueños, y también los recién llegados que quieren forjar su nueva ciudadanía entre nosotros.

Hay que reconocer que muchas de las personas que aspiramos a representar nos ven hoy más como parte del problema que como parte de la solución. Y nuestro Congreso, desde este punto de vista, debe marcar un giro claro, ha de demostrar que sabemos leer los cambios sociales, que somos capaces de reconocer errores y carencias, que queremos incorporar savia nueva, porque no nos sentimos propietarios exclusivos de las ideas de progreso, ni estrictos depositarios de un glorioso legado, porque queremos transformar el presente y construir el futuro.

Por fidelidad a lo que queríamos y queremos ser, hoy tenemos que hacer cambios, muchos cambios. Cambios profundos que deben empezar en nuestro Congreso, pero que no se agotan en el Congreso. Del Congreso no saldrá un nuevo PSC, pero debemos empezar en el Congreso el camino que nos tiene que llevar a un nuevo PSC.

Se trata de recuperar el orgullo de ser socialistas, de recuperar la pasión política, porque como dice el presidente del partido, Isidre Molas, en una entrevista muy reciente en la revista de la Fundación Rafael Campalans: “Sin pasión, un movimiento de masas se convierte en un movimiento de espectadores pasivos”.

Y hay que empezar por comprometernos a merecer la confianza de los 575.233 ciudadanos y ciudadanas que nos votaron en las elecciones al Parlament, de los 721.476 que lo hicieron en las elecciones municipales, y de los 920.323 que nos votaron el domingo.

Pero no nos podemos quedar aquí. Debemos aspirar a recuperar la confianza de aquellos y aquellas que nos habían votado en el pasado y que ahora se han abstenido, han votado blanco o nulo, o que han mostrado su enojo votando candidaturas de protesta.

Hemos perdido votos en muchas direcciones. No nos engañemos: nuestro proyecto ha perdido credibilidad. Y la confianza no se recupera yendo a remolque de las encuestas, ni actuando al dictado de lo que parece políticamente incorrecto, ni pensando que nuestro problema es de maquillaje, que el paso del tiempo y cuatro frases bonitas lo arreglan todo. Yo os propongo una reconstrucción de nuestro proyecto: un proyecto de corazón socialista, cerebro socialdemócrata y espíritu de libertad. Un proyecto fundamentado en unos valores recogidos en nuestra Declaración de principios.

Si queremos representar los intereses y los anhelos de una amplia mayoría de catalanes y catalanas, debemos demostrar primero que conocemos bien sus problemas y sus preocupaciones. Debemos disponer de un análisis ajustado de la realidad y ser capaces de conectar, desde los valores que nos definen y que están recogidos en nuestra Declaración de principios, con las aspiraciones de una amplia mayoría ciudadana.

Hay que reconstruir nuestro proyecto político, porque entre otras cosas, hoy se muestra incapaz de hacer frente a los retos de la globalización, del individualismo egoísta y del repliegue comunitario. Un proyecto que debe incorporar plenamente la nueva realidad de la sociedad del conocimiento.

Un proyecto que requiere también impulsar una organización basada en el trabajo en red y en la presencia activa en las redes sociales y ciudadanas. Una política en el entorno digital, sí, pero sobre todo una nueva política que sitúa a las personas en el centro del pensamiento y de la acción.

Pero la reconstrucción de nuestro proyecto político debe partir de la realidad, de los problemas tal y como los vive y los padece la mayoría de nuestros conciudadanos y conciudadanas. Los problemas derivados de un sistema político muy bloqueado y de un sistema económico que choca con los intereses de la mayoría.

Y por eso debemos priorizar el combate contra la crisis económica y sus efectos, y también contra sus causas, que tienen mucho que ver con la hegemonía del pensamiento neoliberal que a veces ha contaminado también nuestras políticas y nuestros comportamientos individuales y colectivos.

Somos conscientes de que la economía de mercado funciona sobre la base del beneficio y la obsesión por las posesiones materiales, pero no nos queremos resignar a una organización social que se limite a tomar nota de las desigualdades, las injusticias y los desequilibrios, a una sociedad que sólo encuentre satisfacción en el consumismo desaforado. Hace falta que recuperemos la crítica a las desigualdades, las crisis, la precariedad, la alienación y la pobreza generadas por el sistema capitalista. Precisamente porque somos socialistas.

La desregulación de los mercados, la financiarización de la economía y la sumisión de la política democrática al dictado del dogma neoliberal son las raíces profundas de la actual crisis económica, sus causas. Y su solución tiene una dimensión europea y un enfoque global que nuestro proyecto político tiene que asumir y liderar.

Tenemos que demostrar que hay otro camino, que se puede ganar la batalla de la productividad y la competitividad sin disminuir los derechos sociales, sin renunciar a una sociedad más justa y cohesionada. Y esto se debe hacer desde la política, reivindicando la política democrática, haciéndola más cercana, más transparente, más eficaz, limpiándola de toda sospecha de corrupción o abuso de poder.

Pero no bastará con un discurso de defensa de la política. Sin asegurar la primacía de la política sobre los mercados no podremos reivindicar la política democrática. Y este es un problema de primer orden.

Y no bastará con un discurso en defensa del Estado del Bienestar. Sin competitividad económica no hay Estado del Bienestar que valga. Y si la izquierda no asume esta realidad se verá sistemáticamente condenada al fracaso económico y también a la irrelevancia.

Para conseguirlo hay que atacar frontalmente la carencia mayor y más urgente que tenemos: la necesidad de renovar profundamente nuestros planteamientos en materia de política económica y fiscal. La provisión universal de servicios públicos de calidad, la reducción de las desigualdades sociales y los desequilibrios territoriales, el ofrecimiento de oportunidades a todos y la erradicación de la pobreza no dependen solamente de mecanismos de transferencia de renta desde los sectores más ricos a los sectores menos favorecidos, aunque en el centro de nuestra reflexión económica habrá que poner una profunda reforma fiscal. Porque nosotros estamos radicalmente en contra de lo que se ha denominado “la sociedad de los dos tercios”, en la que dos tercios viven instalados en el sistema, aunque padeciendo grandes desigualdades, mientras el otro tercio queda absolutamente excluido.

La prioridad es incorporar a los sectores más desprotegidos de la sociedad a una economía que debe crecer de forma sostenible. Así, la inclusión social tiene que ir vinculada a una política de modernización, competitividad y crecimiento económico, en la que el capital humano, la formación, la investigación y la innovación tengan un papel fundamental. El trabajo, el esfuerzo, el talento y la excelencia deben estar en el centro de nuestra reflexión económica.

Avanzar hacia una nueva política económica implica también un nuevo conjunto de regulaciones e incentivos a la inversión, a la producción y a la creación de puestos de trabajo, que contribuyan a una prosperidad sostenida que llegue a todos. En estos momentos la renovación ecológica de los patrones de producción y de consumo es inevitable, y eso debe servir también para impulsar el crecimiento económico.

Tenemos que saber maximizar la prosperidad satisfaciendo los criterios de la sostenibilidad ecológica y social. Y por ello hacen falta reformas para recuperar la competitividad y garantizar el mantenimiento y la consolidación de los avances sociales conseguidos. Unas reformas que pasan por el acuerdo social y también por la introducción de mecanismos de cogestión en las empresas, que promuevan la participación efectiva de los trabajadores y de sus organizaciones representativas en los órganos de dirección empresarial.

La actual crisis económica es también una crisis ambiental, de energía, de recursos naturales y del modelo de producción. No podemos pensar en una estrategia económica basada en el crecimiento desaforado, tenemos que incorporar criterios de sostenibilidad, la apuesta por las energías renovables, y una fiscalidad ecológica, que grave las actividades contaminantes, bonifique las “empresas verdes” y aumente la fiscalidad sobre la energía nuclear también con el objetivo de cerrar las centrales nucleares en un período razonable.

Pero las reformas no pueden ser sólo locales, tienen que ser globales. Por ello hay que reivindicar desde ahora mismo una Europa federal, unos Estados Unidos de Europa capaces de defender el modelo social europeo y de impulsar una verdadera gobernanza económica común, y una nueva regulación de los mercados globales para asegurar que la economía esté al servicio de las personas y de las sociedades.

Hay que impulsar a nivel europeo un debate a fondo sobre las políticas de ajuste económico. Es obvio que hay que reducir el nivel de endeudamiento que nos deja indefensos frente a la voracidad de los mercados financieros internacionales y sin posibilidades reales de ajuste económico y los ritmos para conseguir criterios razonables de estabilidad presupuestaria e impiden el crecimiento y la recuperación, hay que revisar el ajuste y los criterios y los plazos para la estabilidad presupuestaria. Y esto debe ser compatible con el impulso de un plan europeo de inversión que promueva el crecimiento y el empleo.

Hay que situar en el centro de nuestra reflexión y de nuestra acción cuestiones relevantes como la Renta Básica de Ciudadanía, la fiscalidad ecológica, la introducción de tasas sobre las transacciones financieras, la limitación de los beneficios empresariales cuando se produzcan ajustes de plantillas o deslocalizaciones, la limitación de las retribuciones de los directivos que deben estar también fuertemente condicionadas por la marcha de la empresa, la introducción de cláusulas sociales y ecológicas en los acuerdos internacionales de libre comercio, la lucha contra el fraude fiscal, la introducción de mecanismos de garantía hipotecaria que preserven la vivienda de residencia habitual, la recuperación y la revisión del impuesto sobre el patrimonio, una regulación estatal del impuesto de sucesiones para evitar una competencia fiscal a la baja, la eliminación de los paraísos fiscales o la penalización de los movimientos especulativos.

La cuestión es saber cómo impulsar las reformas necesarias para vencer la batalla de la competitividad en la economía global y, al mismo tiempo, garantizar la justicia social proporcionando una red de protección a los que la necesitan y seguridad para todos. Y para ello es imprescindible asegurar la solvencia y la credibilidad de nuestra política económica.

Y eso quiere decir revisar permanentemente el grado de eficacia de nuestras políticas públicas con diez prioridades muy claras:

  1. Ayudar a los autónomos y a los emprendedores, simplificar los trámites para favorecer la actividad económica, asegurar el flujo de crédito a las empresas, mejorar las ayudas a su internacionalización, e impulsar una fiscalidad y unas cargas empresariales orientadas a la creación de puestos de trabajo.
  2. Ganar la batalla de la investigación, el desarrollo y la innovación, y facilitar su transferencia a la sociedad, en términos de bienestar, y a las empresas, conscientes de la importancia de la inversión en I+D+i, y para mejorar la competitividad, fortalecer el modelo productivo, generar empleo de calidad e insertarnos plenamente en la sociedad del conocimiento.
  3. Asegurar la adecuada dotación en infraestructuras gestionadas con eficacia y proximidad, e impulsar una mejora significativa de los sistemas de transporte público. Asegurar un suministro energético suficiente, limpio y sostenible, y asegurar también el suministro de agua en el conjunto del territorio.
  4. Consolidar un sistema educativo de calidad, con una formación profesional adecuada a los nuevos tiempos y capaz también de proporcionar mecanismos de reciclaje ocupacional, con sólidas estrategias para combatir el fracaso y el abandono escolar, y una universidad de excelencia. Considerar la cultura como elemento de cohesión, el empoderamiento individual y colectivo, de creatividad, innovación y reflexión, así como factor económico importante aunque esté condicionado por la dimensión del mercado catalán.
  5. Mejorar la calidad de nuestro sistema de salud pública, manteniendo su carácter universal y gratuito, así como la apuesta por la investigación biomédica.
  6. Asegurar una red de servicios sociales de calidad y garantizar la aplicación de la ley de la dependencia, valorando y reconociendo también el voluntariado y el papel de las familias, prestando la máxima atención al fenómeno del envejecimiento y sus consecuencias económicas, sociales, culturales y socio-sanitarias.
  7. Ayudar a la emancipación de los jóvenes y promover su acceso a una vivienda digna. Asegurar la plena igualdad entre hombres y mujeres en el trabajo, la política, los trabajos domésticos y las obligaciones familiares.
  8. Asegurar la plena integración de los inmigrantes, con flujos regulados, en igualdad de derechos y deberes. Conscientes de que los cambios en los ciclos económicos modifican la capacidad de absorción de los flujos de inmigración, que la convivencia exige imponer el respeto a las leyes y costumbres del país de acogida, y conscientes también de las especiales necesidades de los niños y jóvenes inmigrantes.
  9. Erradicar la pobreza. Sí, porque una sociedad incapaz de erradicar la pobreza, no es una sociedad ni próspera ni avanzada.
  10. Contribuir a la protección y al impulso del mundo rural, y a la lucha contra el cambio climático, incorporando criterios de sostenibilidad como factores de evaluación de la eficacia de las políticas públicas.

Pero nuestro proyecto no puede limitarse a un catálogo más o menos extenso, y más o menos acertado, de políticas públicas. Desde mi punto de vista el reto central de la reconstrucción de nuestro proyecto político se sitúa en el terreno de los valores y de las ideas, porque como decía Gramsci “la conquista del poder cultural es previa a la del poder político”. Y debemos reconocer que hemos descuidado el debate de ideas. Especialmente cuando gobernamos, olvidamos que nuestra fuerza son nuestras ideas y el trabajo constante de nuestra gente, en las instituciones, sí, pero también en la sociedad.

Renovar ideas y reconectar con la sociedad deben ser nuestras prioridades absolutas. La reconstrucción de nuestro proyecto político tiene que basarse en la fuerza de las ideas, la fuerza de la gente en forma de trabajo voluntario y la fuerza de nuestra conexión con los exponentes más creativos y dinámicos de la sociedad.

Nuestra renovación ideológica pasa por convertir el PSC en un potente laboratorio de ideas sobre tres ejes:

  • Socialdemocracia fuerte: reivindicación de la política democrática, primacía de la política sobre la economía, regulación de los mercados, tasa sobre las transacciones financieras, Estado del bienestar, igualdad de oportunidades, redistribución de la renta, la riqueza, el saber y el poder, democracia económica, cogestión, fomento de la economía social y una profunda reforma fiscal.
  • Federalismo fuerte: afirmación y defensa contundente hacia dentro y hacia fuera de los intereses de los trabajadores y las clases populares de Cataluña, carácter integrador, y permanente voluntad de pacto y de entendimiento con el resto de pueblos de España.
  • Europa fuerte: Estados Unidos de Europa, gobierno económico común, tesoro europeo, fiscalidad europea. Con una participación directa en el Partido Socialista Europeo (PSE) para contribuir al fortalecimiento del proyecto socialdemócrata en toda Europa e impulsar el proceso de elección del futuro candidato socialista a presidir la Comisión Europea, con motivo de las elecciones al Parlamento Europeo de 2014.  Y debemos empezar a plantear la elección de un presidente del Consejo Europeo a través del sufragio universal. ¿Por qué no a través de una iniciativa ciudadana europea?

Pero el debate de ideas no se produce en el vacío. Se produce en un contexto político, económico, social y cultural muy concreto, y se debe producir en estrecha conexión con la sociedad. Y esto nos lleva directamente a los cambios que debemos introducir en nuestra organización.

De entrada, habrá que impulsar cambios para hacer un PSC más grande, más abierto, más transparente, más democrático, más integrador.

Necesitamos un PSC federador de sensibilidades, de energías, de voluntad de cambio. Hace falta que recuperemos la capacidad de agregación del PSC, volviendo a convertirnos en referencia de una mayoría social progresista, capaz de representar a los trabajadores, las clases populares y los que comparten las ideas de progreso; capaz de atraer a los ciudadanos y las ciudadanas más conscientes, de incorporar a la política a los recién llegados.

El PSC debe tejer una alianza social para el progreso, con sindicalistas, creadores y agentes culturales, activistas sociales y emprendedores, en diálogo abierto con sectores catalanistas y federalistas, con sectores ecologistas y de izquierda crítica, y con el tejido asociativo. También con lo que representa el movimiento del 15-M, que reivindica una democracia de mayor calidad y una economía al servicio de la mayoría, objetivos que son también los nuestros.

Debemos crecer hacia dentro. Haciendo una organización capaz de aprovechar bien todos los recursos de que dispone. Es imprescindible hacer atractiva y útil la pertenencia al partido, y atractiva y estimulante la militancia, incorporando nuevas formas de colaboración ciudadana, tanto a nivel territorial como a nivel sectorial o temático. Quizá el Congreso puede introducir algunos cambios estatuarios que nos ayuden, pero la nueva dirección tendrá que afrontar entre otros el reto de una verdadera revolución sectorial. También habrá que revisar el funcionamiento del Consell Nacional e incluso de nuestros Congresos, que pretenden arreglarlo todo en tres días, ¡e incluso Dios necesitó seis!

Necesitamos una organización radicalmente democrática, que favorezca la participación y el debate, erradicando todo sectarismo. En el PSC no sólo no sobra nadie sino que falta mucha gente. El PSC necesita más debate interno, no menos. La discrepancia no sólo no debe ser penalizada sino que puede y debe ser estimulada. Este es un objetivo fundamental e irrenunciable. Necesitamos más PSC, no menos.

Hay que recuperar a aquellos y aquellas que todavía figuran en el censo como militantes socialistas pero que hace tiempo que han dejado de participar activamente en la vida del partido, a los que nos han ido dejando sin encontrar una nueva referencia política, y también tenemos que favorecer el proceso de incorporación de los simpatizantes a la militancia activa, Pero con ello no basta, tenemos que ir mucho más allá, abriendo de par en par puertas y ventanas. La Conferencia Abierta Catalunya Causa Comuna no tiene que ser un episodio en el que se implicaron unos pocos, es la referencia del esfuerzo permanente de abrir, ampliar y renovar el partido.

Y este no es un problema de Estatutos, es un problema de cultura política, de formas que tienen que ser coherentes con nuestros principios democráticos, federalistas y socialistas.

Debemos crecer hacia fuera, intentando acercarnos a todos aquellos y aquellas que pueden compartir los valores recogidos en nuestra Declaración de Principios. Tenemos que construir con todos ellos y todas ellas un proyecto que aspire a representarles y una organización útil para hacer vivir los valores compartidos y promover la participación y la creatividad.

Debemos hacer un llamamiento a la ciudadanía a participar en nuestros procesos de decisión a través de unas primarias abiertas, de unas primarias ciudadanas como las que ha organizado el Partido Socialista francés, y que François Hollande ha ganado brillantemente, unas primarias a dos vueltas si se presentan más de dos candidatos o candidatas. Y debemos establecer mecanismos permanentes de diálogo con los sectores progresistas más comprometidos con los que queremos construir una amplia alianza social para el progreso, en la perspectiva de vertebrar una mayoría e izquierdas en el 2014.

Nos hace falta un auténtico plan de choque. Con una dirección que trabaje mucho. Si yo la encabezara, regalaría a todos sus integrantes una libreta para apuntar los deberes y poder ir borrando las tareas ya realizadas. Convendría que se reuniera por las tardes, para que personas no ligadas a trabajos institucionales pudieran participar. Convendría que invitara tanto a responsables territoriales como sectoriales para hablar a fondo de los temas. Que se hiciera presente a menudo en el territorio. Que atendiera a los militantes, que les preguntara qué quieren y cómo lo quieren. Que transformara la sede central en un centro generador de iniciativas y capaz de atraer talentos e ideas, que Nicaragua sea más la referencia de una red que una fortaleza fría y vacía. Ya hace tiempo Raimon Obiols propuso rebautizarla como “La Fábrica”. Hace muy poco Nichi Vendola ha impulsado una iniciativa similar en Italia. Una dirección que unifique recursos dispersos para la formación, la innovación y el debate, impulsando el “Laboratorio de ideas”, capaz de transformar nuestra web en una revista digital de prestigio y que sea referencia para nuestra presencia y activismo en la red. Debemos hacer muchas cosas, muy bien hechas, y nos debemos poner a ello muy rápidamente. Y eso no podrá ser un trabajo a tiempo parcial para los principales responsables.

La reconstrucción de nuestro proyecto, la renovación de nuestras ideas y la reconexión con la sociedad no es tarea de un día, de una semana, de un mes o de un año. Pero la política la hacemos cada día y hay que dar también una respuesta clara en el escenario postelectoral. No me puedo extender tanto como quisiera pero considero imprescindible fijar tres orientaciones de fondo: 1) plantar cara a la regresión política, económica y autonómica que implica la mayoría absoluta del PP; 2) contribuir decisivamente a la renovación del PSOE; 3) ejercer con firmeza nuestra labor de oposición y alternativa en el Parlament de Catalunya.

Aprovecho este momento para insistir en un tema político importante: no queremos una política catalana subordinada a la política española, si eso llegara a suceder el único responsable sería Convergència i Unió. Nosotros estamos dispuestos a asumir compromisos, si, pero para hacer políticas de progreso, no para hacer otras cosas, ni para avalar la política de CiU. Por tanto, si se quiere nuestra colaboración, la orientación política tendrá que cambiar. A partir del diálogo, la negociación y el pacto. Si CiU quiere proseguir con su actual política, encontrará en el PP, o quizá en otros, apoyos parlamentarios suficientes. Pero no los encontrará en el PSC. Si CiU sigue empeñada en pensar que estamos obligados a darle apoyo aunque discrepemos profundamente de su política, se equivoca. Que no cuente con ello.

No pasaron ni 48 horas para que CiU considerase que el resultado electoral del domingo avalaba su política de recortes sociales, adoptadas de forma indiscriminada, sin prioridades ni diálogo político y social. Y ahora pisan el acelerador. Así, no. De ninguna de las maneras. No con nosotros.

Somos muy críticos con la presente deriva política de CiU porque tiende a provocar una triple factura. Una fractura entre los catalanes que comparten los postulados nacionalistas, soberanistas e independentistas, y los que no los comparten. Una fractura entre Cataluña y el resto de España, que perjudicaría a ambas partes y que comportaría también un conflicto entre catalanes. Y una fractura entre los sectores sociales que casi no padecen la crisis y los que la padecen de forma intensa. De esta última fractura tuvimos dos buenas pruebas en el intento de criminalizar a los perceptores de la renta mínima de inserción y en el intento de culpabilizar a los parados de su situación, abandonándolos a su desgracia.

Cierro paréntesis. Oposición y alternativa son dos vertientes complementarias de nuestra función principal: desarrollar un proyecto de progreso para Cataluña con vocación mayoritaria, para asegurar un progreso económico sostenible, la cohesión social y la calidad ambiental, impulsar el autogobierno de Cataluña y la evolución del Estado de las Autonomías en un sentido federal, y preservar la unidad civil erosionada por tensiones identitarias y el impacto de la inmigración. El PSC tiene que ser rotundo y coherente en la defensa de este proyecto dentro y fuera de Cataluña.

Quiero ser muy claro en este sentido. El PSC es, y tiene que ser todavía más, el gran partido de la izquierda catalana. Algunos hablan de la necesidad de una izquierda nacional catalana, como si ni el PSC ni ICV-EUiA o ERC no fuesen partes de la izquierda nacional catalana realmente existente. El PSC es un partido de izquierda nacional, una izquierda nacional que es federalista, europeísta e internacionalista. A ver si se acaba esta broma de pensar que un partido es nacional sólo si tiene como objetivo la independencia. Un partido es nacional, como dice Isidre Molas, cuando se piensa a sí mismo como nacional, es decir, como uno de los instrumentos políticos al servicio de la nación toda, a partir de su propio ideario. Y nuestro ideario es socialista, catalanista, federalista, es decir, con la voluntad de entendimiento con el resto de los pueblos de España, europeísta, es decir, partidario de la unidad europea, e internacionalista, es decir, solidario con el resto de pueblos del mundo.

Ernest Lluch describió hace mucho tiempo las diferencias entre catalanismo y nacionalismo, atribuyendo al catalanismo un carácter cívico y transversal que impregnaba la política, mientras situaba al nacionalismo en un plan ético más determinado que define una posición política concreta y por tanto forzosamente de ámbito más reducido. El propio Ernest se declaraba partidario de los Estados plurinacionales, siempre que quedase claro que las libertades nacionales son una extensión de la democracia que no pueden ser limitadas de forma arbitraria.

El PSC debe esmerarse en definir su proyecto de país, en el que la unidad civil, la cohesión social y el autogobierno forman una tríada indisoluble, y para convencer a la mayoría de ciudadanos y ciudadanas de Cataluña que nuestro proyecto político defiende mejor que ningún otro sus intereses concretos. Si en algún momento una parte significativa de la ciudadanía catalana ha percibido tibieza o ambigüedad en la defensa que hacíamos de nuestro proyecto de país, el problema es nuestro, no de ellos. Y debemos reconocer que la Sentencia del Tribunal Constitucional ha debilitado las posiciones federalistas, que hay que retomar con más fuerza, exigencia y ambición.

El proyecto de país del PSC incorpora también nuestra visión de España, y una propuesta de fraternidad federal con el resto de pueblos de España con los que compartimos un Estado democrático que debe defender los intereses de todos y respetar la diversidad nacional que integra. Para nosotros, España es también un escenario político en el que defender los intereses de los trabajadores catalanes, y el Estado un instrumento al servicio del autogobierno de Cataluña.

Este modelo necesita un entendimiento federal con el Partido Socialista Obrero Español. Y eso puede comportar en algunos momentos la existencia de puntos de vista no coincidentes entre el PSC y el PSOE. Y no pasa nada. Es decir, el PSC tiene que defender su punto de vista con la voluntad de acordar una posición común con el PSOE, y si no se consigue el acuerdo, tiene que defender su posición hasta el final allí donde sea, ya sea en el Congreso de los Diputados, en el Senado, en el Parlamento Europeo, donde sea.

Normalmente esta cuestión se reduce al tema del grupo parlamentario en el Congreso, que funcionó desde 1977 hasta 1982, con el único y notable problema de la LOAPA. Ya he dicho desde hace tiempo que mi modelo es el de la relación entre CSU y CDU alemanes, que comparten un mismo grupo en el Bundestag con capacidad de acción diferenciada cuando no hay acuerdo. Está claro que en Alemania el papel del Bundesrat hace que las grandes cuestiones territoriales se diriman en esta Cámara a partir de la representación de los länder.

Lo cierto es que una vez el PSC y el PSOE hayan celebrado sus Congresos habrá que revisar estas cuestiones animados por el espíritu federal y la voluntad de acuerdo que nos caracteriza, y el debate tendrá que ser muy de fondo sin prefigurar el resultado final. El hecho de que CiU parezca monopolizar la representación de Cataluña en un Congreso de los Diputados en el que desgraciadamente todavía se dirimen importantes cuestiones territoriales no es sólo un problema del PSC, lo es también del PSOE y de todos aquellos que quieran avanzar hacia un Estado federal que se adapte a la realidad plurilingüística de España. Y es en este marco que hay que situar la discusión y el necesario acuerdo.

Para acabar con este tema debo decir que el PSC tiene que querer influir sobre el PSOE no solamente en los temas referidos al autogobierno y a la estructura del Estado sino también en los temas referidos al proyecto político y económico general que queremos compartir, y también nuestra visión sobre el futuro de Europa, el Mediterráneo y la gobernanza mundial.

Nuestra obsesión debe ser construir la alternativa en Cataluña, sí, pero un pilar fundamental de esta alternativa está en los Ayuntamientos, en las ciudades, en los pueblos, en las tramas urbanas y metropolitanas. Las ciudades son el laboratorio social donde se pone a prueba nuestro proyecto, su arraigo, su eficacia. Es allí donde podemos comprobar de forma muy inmediata si nuestro discurso responde a las inquietudes ciudadanas, si encuentra eco suficiente, si se enriquece a partir de las aportaciones de muchos, o no.

En  este sentido la ciudad de Barcelona tiene que marcar la pauta. Barcelona debe ser la punta de lanza de la renovación socialista. La vanguardia del esfuerzo para reconectar con los sectores más dinámicos, con los creadores de opinión y los activistas culturales, sin descuidar nuestro electorado más tradicional, los barrios y el diversificado movimiento asociativo.

La renovación que debemos emprender es un proceso de abajo a arriba. Y pasa por recuperar posiciones perdidas, empezando por Barcelona, pero también Badalona, Girona, Mataró, Manresa o Vilanova. Y más allá, los territorios no metropolitanos, en ciudades pequeñas y pueblos, en comarcas donde estamos retrocediendo y en aquellas en las que nuestra implantación no ha sido demasiado fuerte. Y ésta tiene que ser una prioridad para los próximos años. Trabajo, trabajo, trabajo.

Creo tener muy claros los retos, los problemas, las prioridades, los errores cometidos, y también los aciertos en los que hay que fomentar la reconstrucción de nuestro proyecto.

Y esto me lleva a la parte final de mi intervención. Al reto que implica elegir una nueva dirección del partido después de la renuncia de José Montilla a continuar como Primer Secretario del PSC. Algunos reducen esta cuestión al nombre del futuro Primer Secretario del partido. Y creo que se equivocan. Es más importante acertar el rumbo que el baile de nombres. Y es más importante el equipo que la persona que lo encabeza. Pero no pienso rehuir la cuestión de la Primera Secretaría.

Dice Isidre Molas, el presidente del partido, en la entrevista que antes citaba: “La fuerza de todo grupo reside en su voluntad de renovación y de selección por capacidad, no por fidelidades personales”. Estoy absolutamente de acuerdo. Así es como tenemos que configurar la nueva dirección del partido.

Para mí la cuestión es la siguiente, ¿elegimos un nuevo líder o buscamos un dirigente para liderar los cambios necesarios? Creo que el nuevo líder del socialismo catalán saldrá de las primarias abiertas que defiendo, pero para llegar a la primarias necesitamos un dirigente y un equipo capaces de impulsar los cambios que el partido debe hacer para volver a ser un instrumento útil para los progresistas.

Lo he dicho desde hace meses y lo repito hoy aquí ante todos vosotros: estoy dispuesto a tirar del carro como el primero de los militantes o a empujar del carro como el último de los militantes. Pero no estoy dispuesto de ninguna de las maneras a dejar que nuestro proyecto descarrile. Ni a mirar qué pasa guardando distancia. Precisamente para enmendar errores cometidos de los que también me siento responsable. Errores que no enmendaremos con cambios cosméticos, ni con soluciones para salir del paso.

Yo al PSC le debo todo, y resulta casi imposible que pueda devolver todo lo que el partido me ha dado. Yo no podía pensar cuando me afilié al Partit Socialista Popular Català en el año 1977, que participaría en la unidad de las organizaciones juveniles socialistas de Cataluña, que formaría parte de la dirección del PSC, que sería concejal, alto cargo del Gobierno de España, diputado al Congreso y diputado al Parlament, que acabaría siendo Viceprimer Secretario y portavoz del partido, y portavoz del grupo parlamentario.

Si me ofrezco para lo que haga falta no es, pues, para añadir un título a una larga lista, sino para prestar un servicio, para cumplir con lo que considero un deber, una obligación. Como siempre, a lo largo de toda mi trayectoria política, tengo mucha más ambición colectiva que personal.

¿Podría ser yo un buen Primer Secretario del partido en estos momentos? Creo que sí. Por estos motivos:

  • Mi experiencia política.
  • Mi capacidad de análisis, de trabajo en equipo y de comunicación.
  • Mi carácter abierto e integrador, mi capacidad de sumar y de aunar sensibilidades.
  • Porque puedo ofrecer una dedicación exclusiva al partido y no tengo que atender a ninguna otra obligación.
  • Porque como diputado en el Parlament de Cataluña puedo ejercer labores de oposición y alternativa.
  • Porque no me planteo como objetivo presentarme a las elecciones primarias para convertirme en candidato socialista a la presidencia de la Generalitat.

Nuestra primera obsesión tiene que ser reconstruir el proyecto socialista y fortalecer y ampliar el PSC. Esto implica también negociar e impulsar la imprescindible revisión de nuestra relación federal con el PSOE, abrir el partido a la sociedad, impulsar el diálogo con las izquierdas políticas y sociales, y contribuir a impulsar una amplia alianza social de progreso, afirmando la rotunda autonomía de nuestro proyecto político. Yo me veo capaz de hacerlo.

Pero soy consciente de que soy corresponsable de carencias y errores que hemos cometido a lo largo del tiempo. Quizás eso y mi veteranía política hacen que hoy no sea la persona más adecuada para encabezar la nueva dirección. Pero eso no puedo decidirlo yo. Lo tenéis que decidir vosotros. ¿Hay que representar el cambio o hay que estar en condiciones de impulsar cambios de verdad? Ojalá encontremos a alguien capaz de hacer las dos cosas.

Creo conocer bien lo que hay que corregir. Por lo que respecta al contenido de nuestro proyecto, a la eficacia de nuestra organización, al carácter colegiado de la dirección, al necesario impulso al relevo generacional, al apoyo a la Joventut Socialista de Catalunya, a garantizar la igualdad real entre hombres y mujeres en el seno del partido, y a las formas radicalmente democráticas y altamente participativas que han de presidir esta nueva etapa.

Quiero contribuir a impulsar reformas en nuestra organización, nuestra forma de hacer política y nuestra relación con la sociedad. Actualizando los mecanismos de información, comunicación, formación y debate para hacerlo posible. Necesitamos una organización más abierta, más acogedora, más transparente, más cercana, más participativa, más moderna y más eficaz.

Pero mi eventual candidatura a la Primera Secretaria del PSC no es lo más importante. Lo más importante es que colectivamente seamos capaces de acertar el rumbo para superar la difícil situación que atravesamos. Y eso depende de todos y todas. Y por ello subrayo los elementos de equipo, de integración, de cambios reales, de capacidad de impulsar una renovación de ideas, y de dedicación exclusiva a reconstruir nuestro proyecto político, ampliar nuestro partido y reconectar con la sociedad.

No basta con hablar de renovación y cambios, hay que saber en qué consisten y tener la autoridad y la determinación suficientes para impulsarlos. Los cambios de caras son necesarios, pero no suficientes.

Creo que la actual situación del partido demanda, más que nunca, un esfuerzo de integración y de unidad. No me cansaré de repetir que nuestra fuerza reside en nuestras ideas, nuestra cohesión interna y nuestra capacidad de sumar. En el bien entendido de que la unidad no tiene que comportar ni ambigüedad política ni incapacidad de renovar todo lo que se tenga que renovar. Y debemos ser conscientes también de que el Congreso tiene que abrir una etapa de cambios, pero que el PSC necesitará aún de más cambios en el futuro inmediato. Cambios que requieren tanta determinación como generosidad de todos, empezando por la mía.

Hasta hoy se han presentado ya tres candidatos a Primer Secretario. Personas por las que tengo el máximo respeto político y afecto personal. A esta lista podrían añadirse más nombres, entre ellos el mío. Pero mi objetivo no es el de presentar una candidatura para enfrentarla a la que presente otro compañero o compañera.

Creo que puedo ser más útil a los ideales que compartimos si subrayo nuevamente mi disposición a hacer lo que sea necesario para lo que creo que más nos conviene a todos: acertar el rumbo, hacer un Congreso de integración y elegir un buen equipo, con personas con muchas ganas de trabajar y que puedan asegurar una gran dedicación, un equipo encabezado por un Primer Secretario o una Primera Secretaria que cuente con un apoyo muy mayoritario y capaz de dedicarse plenamente a una labor formidable.

A partir de hoy pienso dedicarme en cuerpo y alma a contribuir a que nuestro Congreso sea un éxito, escuchando a todo el mundo, hablando con unos y otros, comenzando por Pere, Àngel, Joan Ignasi y Carme, los responsables de Federaciones y Agrupaciones, el núcleo fundacional del PSC, nuestros alcaldes y alcaldesas, y los exponentes de las diversas sensibilidades del partido, subrayando lo que nos une, pero defendiendo con convicción las ideas que os he expuesto. Poniendo el interés del partido por delante de lo que pudiese significar un interés personal.

Creo que convendría que se fuese decantando muy pronto una sólida candidatura de integración, que lógicamente debería acabarse de definir en el propio Congreso en contacto con los delegados y delegadas. Es en el Congreso cuando se presentan las candidaturas, no antes.

Si la integración no fuese posible, la causa no debería ser el afán de protagonismo personal, sino, en todo caso, en la existencia de diferencias políticas irreconciliables, que yo hoy no sé ver.

Por tanto, y como os decía, trabajaré duro para que salgamos del Congreso más fuertes, más unidos, más comprometidos con los cambios necesarios para reconstruir nuestro proyecto, para abrir y ampliar nuestro espacio político, para oxigenar nuestra organización, para volverla a poner al servicio de nuestros valores, orgullosos y deudores de nuestra historia, pero, sobre todo, comprometidos con nuestros ciudadanos y ciudadanas a los que queremos servir como instrumento de cambio social, como puente hacia un futuro de libertad, igualdad, justicia, fraternidad y solidaridad.

Compañeras y compañeros, amigas y amigos: juntos podemos!

Muchas gracias.

Anuncios

Acerca de Miquel Iceta

Sóc primer secretari del PSC, president del grup socialista al Parlament de Catalunya i candidat a la Presidència de la Generalitat

Publicado el Lunes 28 noviembre 2011 en Política. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Los comentarios están cerrados.