El President Montilla en el inicio del curso político

¿Por qué los socialistas catalanes queremos ganar las elecciones?

JOSÉ MONTILLA
Vilopriu, 26 de agosto 2010

— traducido del texto original en catalán —

Queridas amigas y queridos amigos,

Muy buenas tarde y muchas gracias, un año más, a los amigos de Nou Cicle y a la familia de Lluís Maria de Puig, por mantenerse fieles a su compromiso los unos y por su hospitalidad a los otros.

Gracias a todos por vuestra presencia. Muy especialmente a Poul Nyrup Rasmussen. Su presencia aquí es un honor y estoy seguro de que sus palabras constituirán un estímulo para todos nosotros.

Éste es, por así decirlo, “el último Vilopriu de la legislatura”.

Este otoño afrontaremos las elecciones al Parlament de Catalunya en uno de los momentos más difíciles desde que recuperamos el autogobierno.

Hace unas semanas, ante de los representantes del pueblo de Cataluña, afirmé que Cataluña vivía una hora grave y, a la vez, exigente.

También es un momento clave y determinante para el socialismo catalán, para el PSC.

Estamos viviendo unos tiempos difíciles, con más incertidumbres que las habituales, porque se nos acumulan tres crisis de diferente naturaleza, pero de intensidad similar.

Efectivamente, estamos inmersos en un triple reto: económico, institucional y político.

Esta conjunción dibuja una situación muy complicada y que no tiene una salida fácil ni simple. Y que nos exige hablar claro y actuar con determinación y coraje, al mismo tiempo.

Claridad para hacer el esfuerzo de entender y de explicar esta situación sin concesiones, diciendo las cosas por su nombre, sin engañarnos y sin engañar a la gente. Pero también rehuyendo las explicaciones simplistas y tópicas. Y, por encima de todo, evitando la tentación demagógica.

Coraje y determinación para tomar decisiones difíciles, adoptar medidas en contextos inéditos y sobre todo para explorar nuevos caminos que nos conduzcan a un futuro mejor, que será diferente de lo que hemos vivido los últimos años. Un futuro para el que no valen ni los lugares comunes ni las rutinas, y que pide actitudes abiertas, creativas y valientes.

No estamos ante una crisis económica convencional.
Ni en una crisis institucional coyuntural.
Ni, mucho menos, frente a una crisis de la política en minúscula.

Del acierto en la comprensión del carácter y el alcance de estas crisis, y de las decisiones que ahora adoptemos, dependerá de que seamos capaces de seguir avanzando por un camino de progreso material, de bienestar social, de convivencia pacífica y de recuperación cultural. O, al contrario, si no somos capaces de avanzar podríamos entrar en la pesadilla del declive económico, de la disgregación social, del enfrentamiento cívico y del empobrecimiento cultural.

Por eso es hora de la política seria. De la Política con mayúsculas.

No estamos, como digo, ante una crisis económica convencional de la que podamos salir confiando simplemente en los automatismos del ciclo económico ni en medidas procíclicas que lo acompañen.

Estamos en medio de una crisis que afecta de pleno a nuestro modelo de crecimiento y que repercute sensiblemente en nuestro modelo social.

Estamos comprendiendo que afecta a nuestro nivel de riqueza y de bienestar y, más allá, nuestro estilo de vida.

Estamos aceptando con realismo los sacrificios económicos y sociales imprescindibles para depurar nuestro modelo económico y para ajustar nuestro sistema de bienestar a nuestras posibilidades.

Estamos exigiéndonos un plus de creatividad y de innovación para encontrar salidas sólidas, para transitar de la forma más rápida y firme posible hacia un nuevo paradigma económico que, en mi opinión, tiene que pivotar sobre tres pilares imprescindibles y complementarios, con los que hemos estado trabajando de manera muy singular estos últimos años: 1º la competitividad, 2º la sostenibilidad y 3º la solidaridad.

Competitividad para insertarnos mejor en la economía global.

Sostenibilidad para afrontar con éxito la lucha contra el cambio climático. Para hacer nuestra aportación. Para asumir que también somos parte del problema y que, por pequeña o modesta que pueda parecer, estamos obligados a hacer una aportación a la solución.

Solidaridad para repartir mejor los esfuerzos y las cargas inherentes a una sociedad del bienestar. Solidaridad social, solidaridad generacional, y también solidaridad territorial.

A pocas semanas de las elecciones tenemos que dar respuesta a la pregunta de si hemos hecho los deberes que nos impone una situación económica y social tan compleja y exigente.
Los electores tienen todo el derecho a pedirnos, además, que les digamos cuál es nuestra posición y nuestra aportación diferencial, la que nos singulariza de otras ofertas políticas, la que justifica y justificará nuestra petición de voto.

Y en este punto afirmo, con toda la modestia pero también con total convencimiento, que sí que hemos hecho lo que hacía falta. Que nos hemos esforzado en hacer los deberes y en hacerlos puntualmente.

También tengo que reconocer, sin tapujos, que nos queda mucho para llegar a buen puerto. Entendiendo que el modelo de sociedad que los socialistas catalanes queremos no estará nunca hecho del todo. Porque nuestro modelo entiende que Cataluña es un proyecto social y político en construcción permanente.

Pero, aun así, hay algunas cosas que podemos afirmar con toda rotundidad y convicción. Podemos afirmar que no hemos vacilado en ningún momento a la hora de reconocer la crisis económica a partir de un diagnóstico realista y hablar claro a la gente.

Fuimos de los primeros en adoptar un amplio paquete de medidas para paliar los efectos negativos de la crisis, tanto en nuestras empresas como entre los sector sociales más débiles.
Podemos afirmar que, desde el Gobierno de Cataluña, hemos hecho un esfuerzo extraordinario, al límite de nuestras posibilidades financieras. Y que hemos reclamado y aportado propuestas para las medidas que tenían que tomar otros niveles de gobierno.
Una parte de este sobreesfuerzo que se ha hecho desde Cataluña lo hemos podido hacer gracias al nuevo modelo de financiación, derivado del Estatuto de 2006. Un nuevo modelo que negociamos durante meses, con momentos de tensión y dificultades, pero sin desfallecer ni un momento. Y el resultado positivo obtenido ha repercutido positivamente en la gestión de la crisis.

También es cierto que hemos conseguido asociar a los representantes de los sectores empresariales y sindicales más importantes de Cataluña a este esfuerzo contra la crisis, desde el Acuerdo Estratégico a las Treinta Medidas. Y ha sido reconocido que esta práctica de concertación social ha permitido enfocar con una perspectiva estratégica y a largo plazo temas clave para nuestro futuro como el nuevo modelo de crecimiento, la inmigración, la educación, la investigación científica, las infraestructuras y la vivienda.

Estos días estamos insistiendo una y otra vez en la necesidad de explicar, de dar el valor que merece en la ingente obra de gobierno que hemos llevado a cabo los últimos siete años. Las dos legislaturas que Cataluña ha sido gobernada por la izquierda y que los socialistas hemos tenido la responsabilidad y el honor de presidir a la Generalitat.

Los socialistas no nos escondemos de lo que hemos hecho. Al contrario, asumimos con convencimiento y orgullo una obra de gobierno que, en cantidad y calidad, está muy por encima de cualquier balance de cualquier legislatura de los últimos treinta años.

Estamos recordando, por ejemplo, que en siete años …

– Hemos pasado de menos de 24.000 a más de 63.000 plazas de jardines de infancia.

– Se ha producido un importante aumento de kilómetros de Metro en Barcelona.

– Ayudas para el alquiler de pisos.

– Hemos incrementado el número de maestros.

– Que hemos ejecutado infraestructuras para garantizar el abastecimiento de agua a los más de siete millones de catalanes.

– O cómo hemos multiplicado el número de hectáreas de regadío.

– O cómo hemos reducido el tiempo de espera para la mayoría de intervenciones quirúrgicas.

Todas estas actuaciones y datos son ciertos. Como lo son tantas otras cosas que se tienen que ir explicando y repitiendo, con convencimiento y de forma pedagógica.

Como tenemos que presentarnos delante de los electores con la conciencia tranquila de haber hecho un gran esfuerzo por luchar contra la crisis y para orientar correctamente la transición de la economía catalana hacia un nuevo modelo de crecimiento.

Me gustaría poder decir que nos podemos presentar a las elecciones con orgullo, pero nadie se puede sentir orgulloso, por mucho que haya trabajado, por mucho que haya hecho lo que tocaba, si la crisis económica persiste, si hay medio millón de personas en paro, si hay gente que lo pasa mal.

Por lo tanto, pues, afirmo que hemos hecho lo que había que hacer, que hemos trabajado muy duramente, y que tenemos las cosas orientadas en la dirección correcta. Aunque también afirmo que mientras hay problemas graves en la sociedad es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos vanagloriarse de haber hecho lo que tocaba.

Porque, además de juzgarnos por todo lo que hemos hecho, los ciudadanos nos preguntan cuál es nuestro sello específico, cuál es la contribución genuina del socialismo catalán a la superación de la crisis y a la definición del modelo de futuro.

Es una demanda que tiene que ser atendida y respondida mirando a los ojos de la gente, con convicción y compromiso. Creo que nuestra respuesta se puede resumir en dos conceptos: el acuerdo social y la solidaridad.

Los socialistas catalanes nos distinguimos por una determinada manera de hacer las cosas que consiste en crear las condiciones para hacer posible el acuerdo y el compromiso de las fuerzas vivas y representativas de la economía y de la sociedad en los grandes objetivos de la política económica y social. Es sin duda nuestra seña de identidad socialdemócrata.

Pero nos distinguimos, sobre todo, por el compromiso y la búsqueda de la solidaridad, por tener la vista puesta en primer lugar en los más débiles, en los que están en situación de mayor riesgo, en los que tienen dificultades para seguir el ritmo de la evolución general.

Solidaridad social entre las diferentes clases y sectores de la sociedad. Solidaridad generacional entre los diferentes segmentos de edad de la sociedad, entre jóvenes, adultos y viejos. Solidaridad territorial entre los diversos territorios del país. Solidaridad entre los catalanes con viejas raíces y los nuevos catalanes. Solidaridad para conseguir la cohesión social y territorial imprescindibles para poder hablar con fundamento de una verdadera cohesión nacional.

Una solidaridad que tiene que ser exigente, que no puede conducirnos a una sociedad acomodaticia, que tiene que suscitar la responsabilidad colectiva y todas las responsabilidades individuales. Una solidaridad, de la que los acuerdos sociales son un instrumento.

Por lo tanto, compañeras y compañeros, podemos presentarnos al examen del pueblo con la conciencia del trabajo realizado y con el orgullo de proponer y representar a un modelo económico y social de concordia y de solidaridad.

Me quiero referir ahora, un momento, a la segunda crisis de la que he hablado al empezar: la crisis institucional.

No estamos ante un incidente menor en las relaciones entre Cataluña y España. No hace falta que os lo explique. Todos tenemos en mayor o menor grado esta sensación que alguna cosa se ha roto y que costará mucho recomponerla.

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto -la sentencia y las circunstancias que la han rodeado- han hecho aflorar un problema de fondo que -cómo me habéis oído decir reiteradamente- no es un problema de Cataluña, sino un problema de España.
Es el problema originado por la imposibilidad o por la falta de voluntad de reconocer y asumir plenamente su diversidad, que -para nosotros- tiene, en el reconocimiento de la personalidad singular de Cataluña, su piedra de toque.

La hostilidad permanente de los unos y a veces el insuficiente compromiso de los otros no ha hecho otra cosa que hacer crecer el malestar de los catalanes, facilitando el desplazamiento de la opinión pública hacia posiciones cada vez menos interesadas en rehacer la relación con España.

No me canso de repetir que el daño causado perjudica, tanto o más que las relaciones políticas e institucionales, las relaciones afectivas entre Cataluña y España. Repararlas exige y exigirá voluntad, tiempo, dedicación. Más gestos y actitudes que decisiones legales, a pesar de que éstas también son necesarias. Más proyecto estimulante de futuro que miradas rencorosas al pasado.

En definitiva, hace falta que el terreno compartido entre los que no somos separadores ni separatistas se ensanche, crezca, tome vuelo… y finalmente se imponga a las tentaciones de la discordia civil o de la indiferencia resignada.

Porque aunque estemos convencidos de que la cuerda no se romperá, no podemos dejar el discurso en manos de los que no hacen otra cosa que estirarla por un extremo y por el otro. Porque un día las condiciones pueden haber cambiado y la cuerda se podría romper …

Si queremos restablecer los puentes de diálogo, tenemos que conseguir que el diálogo se imponga por encima de los partidarios del ruido. Y tenemos que conseguir que el discurso constructivo, sereno, sensato y exigente domine por encima del griterío inflamado de aquellos a quienes ya les va bien para sus intereses que el ambiente se vaya deteriorando más y más.

Los socialistas catalanes hemos asumido desde el primer instante de nuestra fundación esta vocación de puente, de vehículo de entendimiento y de concordia. No es otra cosa nuestra convicción federal. Nuestra convicción profunda en la divisa maragalliana de unión y libertad.

Hoy, esta vocación y esta convicción nos obligan a ser mucho más exigentes con nosotros mismos y con el socialismo español. Ha llegado la hora de dar un paso adelante decidido y decisivo para demostrar que nuestro proyecto de catalanismo federal es deseable y viable. Quizás ha llegado el momento de empezar a decir que éste es el único proyecto viable para la España que estamos construyendo desde la Transición.

Es lo que estamos haciendo cuando nos comprometemos a exigir el cumplimiento íntegro del Estatuto votado por el pueblo de Cataluña. Es lo que estamos haciendo cuando estamos exigiendo a las instituciones democráticas de España y a los partidos políticos que votaron el Estatuto que sean coherentes con el acuerdo político alcanzado sobre el autogobierno de Cataluña. Es lo que estamos haciendo cuando hemos iniciado la negociación política con el Gobierno español para acordar alternativas a las partes del Estatuto enmendadas por la sentencia del Tribunal Constitucional. Es lo que tendremos que hacer para acumular la máxima fuerza del catalanismo, necesaria para culminar con éxito la negociación con el Gobierno central.

Para hacer realidad la causa común del catalanismo, sin espejismos unitarios de un momento de efervescencia, buscando la solidez y la eficacia de una acción compartida y continuada. Lo tendremos que hacer cuando sean necesarios gestos y decisiones valientes para hacer reaccionar a un socialismo español que tiene que hacer suya, más claramente, la concepción de una España plural. Y tiene que comprometerse a impulsar un proyecto federal.

Lo tendremos que hacer cuando llegue el momento de plantear una reforma constitucional que refleje el cambio de cultura política que proponemos. Éste es nuestro compromiso con los electores de Cataluña: hacer efectiva la promesa de ampliación de nuestro autogobierno contenida en el Estatuto de 2006 y hacer avanzar sin complejos nuestro proyecto federal.
Quizás ha llegado la hora que los socialistas catalanes planteemos la España federal no como una propuesta amable sino como un compromiso y una necesidad mutuas. Una necesidad para hacer viable el único proyecto de futuro en el que nos sentimos verdaderamente implicados y cómodos con el conjunto de los socialistas españoles.

También ha llegado la hora -y las semanas y meses que vienen serán muy exigentes en este sentido- de denunciar la retórica vacía, tras la que se esconden nuestros principales adversarios cuando hablan de vaguedades como el derecho a decidir o la soberanía.
Claridad y responsabilidad, es lo que tendremos que exigir a Convergència i Unió para decir cuál es su propuesta para el futuro de Cataluña, en relación con el Estatuto como herramienta para nuestro autogobierno.

Claridad y responsabilidad para explicar a los ciudadanos, que Convergencia considera el Estatuto, que tanto costó de hacer, de negociar, de aprobar y de aplicar, como un juguete inútil e inservible. Y tendrían que decir a la gente, a los empresarios, al mundo económico y social si lo que proponen nuestros adversarios son cuatro u ocho años más de desgaste, tensión y confrontación institucional y política.

Y con eso llegamos a la tercera crisis: la crisis política… o quizás sería más exacto hablar de la crisis de la política. Porque no estamos ante anécdotas e incidentes menores de la vida política cotidiana.

No. Estamos ante una grave crisis de confianza en la política. Justificada por la manifestación reiterada -y ciertamente amplificada- de síntomas que alimentan la insatisfacción y la desconfianza ciudadana y que llevan a un crecimiento preocupante de la desafección política, de la inhibición ciudadana de la participación activa en la resolución en los problemas colectivos.

Unos síntomas lo bastante conocidos y denunciados, pero bien arraigados en las actitudes y en el comportamiento de los actores políticos: desde el sectarismo político al tacticismo de corto alcance, pasando por el partidismo como criterio determinante de demasiadas decisiones… O desde la corrupción política a la ineficiencia administrativa, pasando por la subordinación de la política a la presión mediática …

Son fenómenos que en muchos casos se retroalimentan, configurando un círculo vicioso desesperante. Pero todos estos síntomas configuran el cuadro de una crisis de la política entendida como una crisis de la democracia, de la política democrática.

Una política democrática que está afrontando una batalla desigual contra el poder expansivo de los mercados y contra el poder corrosivo de unos medios de comunicación en permanente mutación.

Los tiempos de la política y los tiempos de los mercados y de los medios no están acompasados. Se han desajustado de manera tal que la crisis de la política contiene -como si se tratara de una muñeca rusa- diversas crisis simultáneas: de representación, de legitimidad y de gobernabilidad.

Soy consciente que encontrar respuestas a una crisis de esta magnitud nos sobrepasa y mucho. Pero no veáis en esta constatación una declaración de impotencia, sino de un realista reconocimiento de nuestros límites. La conciencia del límite es una condición indispensable para toda acción política que quiera ser realmente efectiva y transformadora.

Los problemas de la democracia requieren respuestas a diversos niveles. Desde el nivel más inmediato -local- a los niveles nacional y estatal. Y sobre todo requieren nuevas respuestas a los niveles europeo y global.

Respuestas que tienen que estar interconectadas porque los niveles políticos se han convertido en interdependientes. Pero la complejidad institucional y procedimental de estas nuevas respuestas no puede prescindir de unas pocas orientaciones básicas e irrenunciables.
Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia. Es decir con más poder de decisión ciudadana y con más capacidad de deliberación pública. Los problemas de legitimidad de las instituciones se resuelven cuando el interés general está claramente identificado y compartido y se impone al partidismo. Y cuando la acción institucional se convierte en más eficiente y más transparente. Los problemas de gobernabilidad se resuelven con instituciones y procedimientos adecuados a la naturaleza y alcance de los problemas. Con la flexibilidad indispensable para hacer posible y efectiva la gestión de la interdependencia y la integración de la gobernación en los niveles local, nacional, europeo y global.

Y sabemos que, para hacer frente con credibilidad a la reforma de la política, implícita en todos estos propósitos, tenemos que afrontar -más allá del ámbito institucional- una renovación radical de los instrumentos y de las formas de hacer política, de las relaciones entre la ciudadanía y los partidos políticos.

Amigas y amigos, no nos podemos conformar con medias tintas en esta reforma de la política. Porque sin ella, no tendremos ni la credibilidad ni la legitimidad para liderar las reformas sociales e institucionales que nos son exigidas en este momento crucial.

Decía al empezar que el PSC está en un momento crucial de su historia. Afrontamos unas elecciones clave, por la gravedad del momento y por los problemas y contradicciones de nuestra sociedad que tenemos que superar. Y en una situación como ésta, la ambigüedad y la indecisión del partido serían suicidas.

Por eso tenemos que ser capaces de presentarnos al electorado tal como somos. Hablando del socialismo que defendemos y del catalanismo que representamos. Sin la mínima concesión a la resignación y el fatalismo. Una cosa más. Yo confío plenamente en vosotros, en la fuerza del PSC.

Creo en el carácter entusiasta y contagioso del impulso político, del ánimo político. Sin energía personal es imposible movilizar energía colectiva. Sin fe y moral, sin ambición… no se pueden pedir ni apoyo, ni confianzas, ni votos. Sin el empuje de los dirigentes, de los líderes, de los representantes políticos… sin vuestro empuje, no movilizaremos a los militantes, los simpatizantes y los ciudadanos y ciudadanas.

Tengo, tenéis, tenemos… una gran responsabilidad. Nos toca tirar del carro.

Amigos y amigas,

el partido está aun por jugar. Las encuestas, las circunstancias y el contexto…, quizás, nos son adversos, pero tenemos convicciones y creemos que son compartidas por la mayoría del país. Una mayoría que tiene que escuchar propuestas claras. Si hablamos claro, los indecisos tendrán motivos para ir a votar.

Si hacemos propuestas para resolver los problemas de la gente, los abstencionistas pueden volver a las urnas. Si somos ambiciosos, los catalanistas que quieren más autogobierno, pero no más conflicto, pueden darnos su confianza. Si buscamos la unidad, los moderados y la gente sensata puede encontrar en nosotros una opción válida.

Si hacemos del PSC el partido de la modernidad y el europeísmo, los jóvenes que han cumplido 18 años en esta legislatura pueden sentirse motivados para votarnos.

Si defendemos las políticas sociales a fondo, los progresistas y la gente de izquierda sabrán que somos la fuerza que hace realidad los cambios sociales.

Mirad, los indecisos, los abstencionistas, los catalanistas, los moderados, los progresistas y los jóvenes… somos la mayoría del país. Y el PSC es el partido de la mayoría.

Estos son nuestros compromisos delante del pueblo de Cataluña.

Unos compromisos que nos exigen y nos exigirán lo mejor de nosotros mismos. Unos compromisos que asumo personalmente y que quiero resumir en una única y superior obligación:

Nada nos tiene que apartar del deber de servir al pueblo de Cataluña, fielmente y con todas nuestras fuerzas y capacidades.

Nuestra actuación puede estar condicionada y limitada por la historia y por la realidad -como la de todo el mundo-, pero no nos tenemos que resignar a considerar estos condicionantes y estos límites como impedimentos insuperables de la acción reformadora.

Quiero afirmar, delante de todos vosotros, mi optimismo y mi convicción de que la voluntad combinada con la inteligencia puede superar los condicionantes y los límites siempre que se sea capaz de reconocerlos.

Quiero invitaros a compartir este optimismo de la voluntad, sin el que la acción política pierde todo su sentido.

Amigas y amigos, muchas gracias, por vuestro aliento, por vuestro compromiso y por vuestro trabajo.

Acerca de Miquel Iceta

Sóc primer secretari del PSC, president del grup socialista al Parlament de Catalunya i candidat a la Presidència de la Generalitat

Publicado el Domingo 29 agosto 2010 en Política. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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